Juan E. Guarderas

La peor palabra

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Hay una expresión que me inflama el hígado y no puedo evitar pronunciarla sin juntarla con una maleducada grosería. Imaginen palabras que les causen asco; con toda modestia, creo que esta podrá destronar.

Los serbios son bastante conocidos por tener las expresiones más grotescas. Entre ellas hay dos “Da bog da budes tako siromasan da izdrkotinom hranis decu” y “Jebe ti pas mater”, tan monstruosas, tan horribles, tan imposibles, que no me atrevo a dar la menor pista de su sentido (ni siquiera asumo la responsabilidad por los significados que se puedan conseguir en Internet).

Pero aún así, la expresión que tengo en mente se me hace más dolorosa.

Es una maldita palabra que impide que nos podamos manifestar en nuestras plazas principales.

Es un pilar fundamental que justifica el sistema hiperpresidencialista, la falta de separación de poderes y, sobre todo, que se realice lo que sea para que el mismo grupo esté en el poder.

Agárrense de sus asientos, respiren hondo porque aquí va… ingobernabilidad.

Durante la década convulsa que antecedió la llegada de Correa – golpes de Estado, la dolarización, etc. – se repitió y repitió la estúpida idea de que somos ingobernables (¡por favor!,como si Bucaram, Mahuad, Gutiérrez fueran genios, excelsos estadistas, incomprendidos, que inexplicablemente no lograron enrumbar al país). Es decir, nuestra desdicha no se debía a un sistema legal deficiente o condiciones históricas; no, el Ecuador es por naturaleza ingobernable.

Este fue el caballo de Troya que hizo que nos traguemos una Constitución donde la estabilidad y supervivencia del Poder Ejecutivo tienen enorme prevalencia sobre esencias democráticas tales como la transparencia, fiscalización o la búsqueda de consensos en las decisiones nacionales.
Para que el presidente pueda gobernar había que darle todos los poderes.

Había que desarticular el debate democrático, porque con este sería imposible legislar, imposible tomar decisiones.

Hasta ahora la palabra ronda las cabezas de militantes de AP y en todas las mentes que necesitan un artificio mental que dé una explicación del menoscabo a las manifestaciones populares, de las contramarchas, y la apropiación de espacios clave de la ciudad.

Ingoberna******* es un concepto con definición ilógica. O bien hay algo en la geografía del país que le vuelve intrínsecamente inestable (los volcanes, la comida… no sé). O bien los ecuatorianos somos naturalmente incapaces de operar con democracia, congénitamente idiotas (sin duda la palabra no está desprovista de un matiz racista).

Esa horrenda expresión ha sido nefasta para nuestro país; más fácil me es escuchar una grosería serbia.

jguarderas@elcomercio.org