Juan Cuvi

Pensar el sumak kawsay

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17 de May de 2013 00:02

Una de las mayores crisis del mundo actual es el relativismo ideológico. La mercantilización de la vida ha terminado por involucrar también a las ideas. Hoy se puede trasponer las líneas demarcatorias que separan a la izquierda de la derecha sin mayores contratiempos ni escrúpulos. Especialmente desde la retórica: todo es cuestión de habilidad y oportunidad.

Por eso el sumak kawsay necesita de un profundo debate. En tanto propuesta que se insinúa como alternativa civilizatoria a la modernidad, está obligada a definir sus diferencias con los viejos paradigmas que pretende superar.

Tanto el capitalismo como el mal llamado socialismo. Y una de sus principales exigencias es vacunarse contra la ambigüedad. Al calor de las urgencias políticas, el sumak kawsay corre el riesgo de convertirse en muletilla para los más disímiles propósitos. Hoy mismo oscila entre la más cautivante cosmogonía y la más pedestre vulgarización (por eso se lo utiliza para adjetivar desde carreteras hasta guarderías).

En una publicación editada por Francisco Hidalgo y Álvaro Márquez (Contrahegemonía y Buen Vivir), ocho intelectuales latinoamericanos asumen este desafío teórico. Iniciativa fundamental si consideramos que el buen vivir constituye el principal soporte filosófico de nuestra Constitución. Iniciativa importante porque establece una clara distancia con las versiones oficiales del buen vivir, que lo han convertido en un instrumento funcional y vacío de la agenda política.

Como señala Eduardo Gudynas, el simple crecimiento económico, el extractivismo y la política social asistencialista, elementos predominantes del modelo aplicado por el correísmo, reducen la amplia idea de justicia al consumo y a la compensación económica. Dicho de otra manera, más de lo mismo, pero con distinto ropaje. Se renuncia entonces a la noción de "alternativas al desarrollo", que establece una divergencia radical con las propuestas de "desarrollos alternativos" que aún pululan por la región.

En otras palabras, y como lo resalta Luis Tapia, estamos hablando de dos proyectos distintos que, lamentablemente, se presentan bajo la misma identidad.

En la una mano, la racionalización del capitalismo emprendida por los gobiernos autoproclamados progresistas que, como en el caso boliviano, estarían reeditando formas previas de dominación colonial y expansión imperialista.

En la otra mano, en cambio, la propuesta de construir un Estado plurinacional que reconozca la territorialidad, la autonomía y las formas de autoridad de los pueblos indígenas.

Y que impida que demandas históricas como la soberanía alimentaria, el acceso a la tierra y al agua o la verdadera participación sean anuladas por el pragmatismo político, el desarrollismo económico y el caudillismo autoritario.