Juan Cuvi

Pensar la izquierda

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El debate sobre la izquierda, además de constituir una necesidad ineludible de la democracia, cobra mayor relevancia en estos tiempos. Los resultados electorales en Brasil muestran un fenómeno inusitado. Que un 90 por ciento de votantes no se haya inclinado por una opción de derecha frontal y abierta significa que la mayoría de la sociedad brasileña no comulga con valores, referentes o símbolos conservadores. Definitivamente, ese electorado experimentó un desplazamiento generalizado hacia el centro-izquierda del espectro ideológico.

Lo que ocurre en el Ecuador también obliga a una reflexión. Aunque las evidencias apunten a lo contrario, Alianza País insiste en cobijarse bajo el paraguas de la izquierda. Organizar en Quito el Encuentro Latinoamericano Progresista constituye una apurada movida para ubicarse, a escala internacional, en ese andarivel político que le es cada vez más esquivo. Pero ni la retórica radical, ni las exuberantes declaraciones, son suficientes para definir un proyecto de esa naturaleza. Mucho menos cuando de por medio existen decisiones políticas absolutamente contradictorias. La explotación del petróleo del Yasuní, la brutal represión a los estudiantes quiteños o la organización de contramarchas de corte fascistoide para amedrentar al pueblo, no son medidas digeribles ni siquiera para el más incondicional de los simpatizantes. Al menos fronteras afuera.

La reconstrucción de un proyecto histórico desde la izquierda requiere de la elaboración de un nuevo discurso, entendido como un sistema de ideas que entienda a la sociedad actual en su diversidad y complejidad. Los viejos principios, por más coherencia que hayan tenido en su momento, ya no son suficientes para responder al vértigo de la posmodernidad. Por ejemplo, la introducción del individualismo y la competencia entre trabajadores dentro de los espacios laborales (como tan agudamente lo analizan pensadores críticos del capitalismo como Bauman o Byung-Chul Han), obliga a entender desde otros parámetros la relación capital-trabajo.

Mayo del 68 no fue únicamente un episodio romántico de la juventud francesa. Fue sobre todo un cuestionamiento a los discursos institucionalizados y monolíticos de la izquierda, a sus formas anquilosadas de organización, a sus desgastadas consignas. Fue el triunfo de la imaginación política, la irrupción desbordante de fenómenos sociales que tomaron por sorpresa a un envejecido sistema. A partir de entonces proliferaron todas aquellas agendas que han renovado –y podrían renovar aún más– a la izquierda: ecologismo, feminismo, libertad sexual, diversidad cultural…

Ya mismo celebramos cincuenta años de esa explosiva ruptura. Sin embargo, todavía hay gobiernos que siguen combatiendo la imaginación a toletazos. ¡Y a nombre de la izquierda!