Fabián Corral

¿Pensamos?

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La política, el Derecho, la economía, se han convertido en una suerte de mecánicas vacías, de silogismos obtusos, de supuestos falsos. Las doctrinas, de tanto repetirse, se reducen a discursos que suenan a tambor de lata.

El problema es que ni la política ni el derecho ni la economía, y mucho menos el concepto de país, se piensan. Son palabras vacías que esconden intenciones que nunca se revelan; son lugares comunes que se usan como herramientas en función de ventajas concretas, de intereses específicos de quienes han capturado los poderes.

¿Cuántas ideas innovadoras y de fondo alimentan las cátedras universitarias, las reflexiones y las propuestas políticas, y cuántas son piezas desprendidas de la literatura barata de la propaganda, que se reiteran hasta el cansancio en todos los foros?, ¿cuántas mienten en estos tiempos en que se ha derogado la ética?

La democracia atraviesa la crisis más severa que se recuerde y nadie se atreve a replantear sus fundamentos, a escarbar más allá de la superficie, y proponer el examen de la postergación de la verdad que ha provocado el sistema. ¿Se ha puesto alguna vez en entredicho el concepto de “pueblo”, o nos tiembla el pulso y la voz decir que es una ficción en cuyo nombre se han cometido innumerables abusos y se han instaurado toda suerte de despotismos? ¿La soberanía sobre la que se asienta la legitimidad del sistema electoral, no es, acaso, evidente rezago del absolutismo monárquico? ¿Las asambleas y congresos no son acaso oligarquías por representación?

El Derecho no se piensa. No se plantea la necesidad de retomar las ideas básicas del Estado de Derecho, el único adversario posible del poder. Hemos olvidado la noción republicana, cuando es preciso y urgente tumbar sin contemplación los tópicos que han permitido que se construya un ordenamiento legal que niega sistemáticamente el patrimonio moral de cada ser humano, que endiosa al Estado, que niega la dimensión del individuo en beneficio de hipotéticas comunidades?

¿Y los derechos humanos se han pensado más allá de una literatura de corte político que los va transformando en la señalética de una izquierda socialista, que ha encontrado refugio en las novísimas intransigencias al uso, que gozan del transitorio prestigio de una moda?

¿Y la libertad, transformada en argumento de cualquier doctrina, en membrete de cualquier partido, cuando es la virtud que caracteriza y distingue al ser humano, la que traduce su dignidad? ¿Se ha pensado en la libertad más allá de la idea de hacer lo que nos venga en gana sin asumir las consecuencias ni perder el sueño? ¿Cuándo se transformó el liberalismo en mala palabra, si es el fundamento de la democracia en cuyo nombre designamos como jefe a cualquier caudillo?

¿Hemos renunciado a pensar?