Pablo Cuvi

Pedro Navaja

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26 de January de 2013 00:01

El domingo pasado Gonzalo Maldonado y Omar Ospina abordaron el cierre del Seseribó desde la nostalgia que embellece su paso por esa pista. Por el contrario, ahora que está moribunda y que su templo quiteño acaba de cerrar, yo quiero confesar con la frente en alto que nunca aprendí a bailar salsa. Nunca pude descifrar con los pies y el espinazo ese ritmo sincopado que a cualquier muchacha del Caribe o del Pacífico le viene en la carga genética y la sabiduría de la piel.

No era el único inútil, claro: en los años épicos del Seseribó solía contemplar desde la barra los esfuerzos patéticos de muchos intelectuales de mi generación que no daban pie con bola. Pero tampoco la mayoría de las mujeres nacidas en el frío de los Andes se mecía tan naturalmente que digamos al ritmo de “Pedro Navaja, cuchillo en mano, la vio pasar...”. A ratos la pista parecía una escuela de baile para aficionados más o menos envarados, intentando compensar con el agitar de manos y zapatos la tiesura de las caderas, hasta que ingresaba en la ‘melee’ alguna esmeraldeña o una pareja de barranquilleros o caleños y las cosas quedaban claras. Para mí, al menos.

Esta apreciación empírica acarreó no pocas discusiones endulzadas con cubaslibres, la bebida de rigor. Lo que importaba era la farra y con el ron (y otras substancias) fluyendo por las venas todo se veía mucho mejor. Pero la última vez que estuve, todo se veía treinta años peor. Por eso quiero consignar mi fugaz testimonio de ese ritmo mestizo que nació al unísono en los arrabales caleños y en los clubes del Nueva York latino.

La primera vez que vi bailar salsa fue en una discoteca de Cali, en 1972; estaba tan recién llegada que un set de cuatro canciones era de salsa y otro set era de tango, mezcla de ritmos y clientes imposible de concebir poco después, cuando arrasó en los bailaderos tropicales el fenómeno de Fania. Pero en nuestros lares andinos el nuevo ritmo debía competir con la canción protesta, la tragedia del Cono Sur y el folclor llevado a la cumbre en la voz majestuosa de la Negra Sosa. Sí, hubo sitios como el Noches de Colombia que mezclaban salsa con merengue y vallenato, pero la meca seguía siendo NY, donde alcancé a escuchar a Héctor Lavoe tan cerca que se le veía el ojo morado bajo las gafas y casi se olfateaban sus pericazos.

La salsa y la perica saltaron el charco a un París ya aburrido del lamento con charangos de los refugiados chilenos, y la novelería pegó en La Chapelle des Lombards, el único sitio donde yo pasaba por salsómano, porque en tierra de ciegos, el cojo es rey. Poco después abría sus puertas el Seseribó en un pequeño local de La Floresta, con el modelo bogotano de El goce pagano. Y su éxito fue inmediato pues condensó el ‘feeling’ de una generación que se despedía alegremente de Carlos Marx.