León Roldós

¿Pedirá perdón?

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No recuerdo conocer personalmente a Carlos Figueroa. Sé –por los medios de comunicación- que es un médico dirigente de su gremio, militante de izquierda que firmó junto a Fernando Villavicencio y Cléver Jiménez una denuncia para que se investigaran las circunstancias del entorno de los hechos del 30 de septiembre del 2010, cuestionando la versión del Gobierno sobre tales hechos, en cuanto esta versión sostiene que el Presidente estuvo secuestrado en el Hospital de la Policía Nacional.

La denuncia –según se ha publicado- fue declarada maliciosa y temeraria y con base en aquello se procesó a los tres denunciantes y se les negó la opción de medidas cautelares tramitadas por intermedio de la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) calificada de “Vachagnon”, recolectora de basura, por el Gobierno del Ecuador.

Los perseguidos prefirieron refugiarse en comunidades que los amparen. Figueroa fue condenado a seis meses de prisión.
¿Puede ser imparcial una justicia “revolucionaria” o bajo un esquema único de poder? Usualmente, salvo excepciones, no lo es, en relación a quienes son sus contradictores, porque hay “verdades” a las que se les da fuerza de dogma que no pueden cuestionarse.

El poder judío condenó a la muerte en la cruz a Jesús. La inquisición llevó a la tortura y a la muerte a quienes no se le sometían. La Revolución Francesa abusó de la guillotina para sus ajustes de cuentas. El fascismo y el stalinismo, en ejercicio totalitario del poder, lo evidenciaron. El rabioso macartismo anticomunista de la segunda posguerra también.

Vamos a lo humano. Carlos Figueroa, ante el avance acelerado del cáncer que afectaba a Adela Figueroa, su madre, privilegió estar junto a ella como hijo y como médico.

Perseguido, como estaba, fue apresado el 21 de julio del 2014. No pudo acompañar a su madre, no le dieron oportunamente permiso para estar junto a ella ni en la proximidad de su muerte. Apenas unos minutos –no sé cuántos- pudo estar con su cadáver en la funeraria donde velaban sus restos.

¿Era o es tan peligroso Carlos Figueroa?, ¿o los que quisieron ser obsecuentes con el presidente Correa prefirieron evidenciarlo con su crueldad? ¿Merece una madre en el trance de la inmediatez de su muerte, sufrir la ausencia de su hijo no preso por criminal, ni por ladrón?

¿Y pedirá perdón? No me refiero a que Carlos Figueroa pida perdón al poder político, ni a los jueces que lo condenaron, ni a quienes le impidieron estar junto a su madre, cuando esta lo necesitaba.

El perdón al que me refiero es el que podrá pedir a Dios su madre, Adela Figueroa, que sufrió un dolor más severo que el de su enfermedad al no poder recibir el beso de su hijo antes de cerrar sus ojos, perdón que sublimice lo que Jesús exclamó en la Cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.