Patricio Quevedo

La paz quebradiza

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20 de November de 2013 00:02

Nunca con más propiedad que cuando esta fecha del 11 de noviembre de 1918 pudo afirmarse que el mundo ya no sería el mismo que hasta la víspera de esta fecha. En efecto y luego de casi exactamente cuatro años de una lucha de increíble ensañamiento, habíase podido firmar el documento -el Armisticio, se lo llamó-, en el cual el generalísimo de uno de los bloques vencedores -el francés Ferdinand Foch- había especificado las condiciones del cese de fuego que, al menos precariamente, había puesto fin al conflicto.

Desde el propio inicio del enfrentamiento, los alemanes habían sido perseguidos por el fantasma de tener que medir a los enemigos en varios frentes de combate. Y de pronto, a comienzos de 1918 esto fue lo que en definitiva les perdió. El alto Estado Mayor había intentado evitarlo con todos los medios puestos a su alcance, pero de súbito reconoció que no había más remedio que efectuar el más formidable despliegue de soldados y armamentos, con la secreta esperanza de romper las líneas adversarias en el sector occidental, donde combatían los ingleses y los franceses. Los alemanes casi lograron su objetivo, pero el esfuerzo había resultado excesivo y las autoridades castrenses -inclusive los mariscales Hindenburg y Luddendorf- hicieron saber a su monarca -el arrogante Guillermo II- que la situación se había tornado desesperada. Para más abundamiento, los italianos seguían avanzado por el sector de los Alpes y no había tampoco posibilidades de reorganizar la campaña por el lado oriental, en donde Rusia se hundía entre las marejadas de la revolución bolchevique .

Dentro del territorio alemán, los acontecimientos se precipitaron con increíble velocidad y casi dejan la impresión de un auténtico vértigo. Guillermo II abdicó del trono y se refugió en Holanda; fue proclamada la República, con nítida influencia de los socialdemócratas; a poco vendrían la Constitución de Weimar y los rituales de la nueva forma de Gobierno, cada vez más inestable hasta que ya en los años treinta, un oscuro caudillo popular y orador magnético, Adolfo Hitler, se alzaría con el poder total, a la cabeza totalitaria de los nazis.

Pero antes, Alemania debió también forcejear con las asfixiantes compensaciones de guerra y la pérdida de diversos sectores territoriales, lo mismo que las viejas colonias localizadas en tres continentes.

Por cierto, la paz alcanzó un tono solemne cuando la firma del Tratado de Versalles. Abrumadas las potencias vencedoras por el número de soldados muertos y heridos, también víctimas de enfermedades epidémicas como el cólera, el tifus, la sífilis y la devastadora 'gripe española', intentaron crear para el futuro un sistema que impidiera el estallido de nuevas hecatombes como la que se acababa de padecer. Se estableció entonces la llamada Sociedad de las Naciones, cuyo principal encargo fue el mantenimiento de la paz y el desarrollo de las áreas más desfavorecidas. Sin embargo y penosamente, ha seguido habiendo luchas, porque -el mismo problema del organismo antecedente, en la ONU tampoco se ha conseguido que las decisiones sean acatadas por todos los países, quiéranlo o no .