Monseñor Julio Parrilla

De qué paz hablamos

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10 de agosto de 2014 00:00

Hace escasamente dos meses el papa Francisco logró reunir en el Vaticano a Simon Peres, presidente de Israel, y a Mahmud Abbas, presidente de Palestina.

Los tres, el Papa y los dos presidentes, oraron juntos y plantaron un olivo como signo y deseo de paz. Hoy, el contrapunto de aquel gesto son las terribles imágenes de muerte y desolación que reflejan, de forma cruel, el sufrimiento de hombres y pueblos.

¿Puede haber un rayo de luz ante el bombardeo sistemático de escuelas, refugios y hospitales y la muerte de civiles y de niños? El dolor de los inocentes deja en evidencia no sólo la falta de compasión de los poderosos que gestionan la política internacional, sino también su negligencia criminal. La verdad es que las grandes potencias actúan sólo cuando les interesa, es decir, cuando sus intereses económicos y geopolíticos están en peligro.

Resulta decepcionante escuchar a los líderes políticos hablar de paz mientras provocan o toleran la guerra. Para ellos los gritos de las víctimas se convierten en el silencio de los corderos. Y, sin embargo, la comunidad internacional tiene la responsabilidad de proteger a las víctimas y de sentar a las partes a la mesa de negociación. ¿Lo hará la ONU, que contempla impasible cómo son bombardeados sus propios refugios humanitarios?

Israel tiene derecho a vivir como país, pero sus excesos en la Franja de Gaza reflejan hasta qué punto los halcones deciden quién vive y quién muere, dónde están los límites de la ética y del derecho internacional y cuál es la ecuación entre medios y fines. En fin, los señores de la guerra han decidido que todo vale...

A la luz del conflicto, no han faltado analistas que han ironizado sobre la capacidad diplomática del Papa y su ingenua iniciativa de hacer rezar juntos al perro y al gato. Lo cierto es que el Papa no se ha quedado quieto e indiferente, mientras que la comunidad internacional parece haber renunciado a detener el conflicto. Ojalá que, siempre que el mundo lo necesite, haya alguien dispuesto a reunir a las partes y a orar por la paz.

¿De qué paz hablamos? ¿Podemos pensar que habrá paz el día en que cesen los bombardeos? Ese mismo día, unos y otros comenzarán a preparar el siguiente conflicto, a rearmarse material e ideológicamente. La paz no es la ausencia de la guerra. Es algo más. Algo que Juan Pablo II nos recordaba : “Si quieres la paz, lucha por la justicia”. Y es que la ley del más fuerte no puede imponer la paz. La paz no se compra, se construye. Y, sobre todo, se construye en el corazón del hombre, en la conciencia ética de hombres y pueblos.

Sin duda que el nacionalismo israelí saldrá reforzado tras este conflicto, pero la paz seguirá hipotecada. Será sólo una tregua que algún día explotará en mil pedazos. La sangre de las víctimas mantendrá viva la memoria y el deseo de revancha.