Álvaro Sierra R.

Paz en 809 págs. no digeribles

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El Tiempo, Colombia, GDA

El informe de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, que el Gobierno y las FARC comisionaron a 12 expertos y dos relatores para contribuir a la comprensión del conflicto armado y estos entregaron el martes en La Habana, puede leerse de dos maneras. 

La primera lectura es la de su indudable contribución. Desde 1958, según constatan los autores, se han hecho al menos 12 comisiones de este tipo para contribuir al análisis y superación de la violencia en el país. ¿Cuál es, entonces, la diferencia? Que se trata de la primera ocasión en que las partes enfrentadas se ponen de acuerdo para designar a sus integrantes. El resultado es que quien necesite una suerte de resumen de la vastísima producción académica colombiana sobre las explicaciones, teorías, periodizaciones, hipótesis, interpretaciones (y cifras, cuadros y series históricas) sobre cómo, por qué, desde cuándo y por cuenta de quiénes Colombia ha padecido uno de los conflictos armados más cruentos y prolongados del mundo contemporáneo, ahí lo tiene. Por primera vez.

Los 12 informes y las dos relatorías que hicieron el embajador en Países Bajos y exdirector de la Comisión Nacional de Reparación, Eduardo Pizarro, y el exrector y profesor emérito de la Universidad Nacional Víctor Manuel Moncayo, son una sesuda –y divergente– síntesis de las múltiples interpretaciones sobre los orígenes, los factores de prolongación y los impactos del conflicto armado –como les pidieron los negociadores del Gobierno y las FARC, el pasado 5 de agosto.

¿Se debe el conflicto a las famosas ‘causas objetivas’ o la degradación a la que lo condenaron los actores armados también ha sido esencial en su prolongación? ¿Empezó en los años sesenta con la fundación de las guerrillas; en la violencia de los cincuenta; en las luchas agrarias y sindicales de los treinta; o llegan sus raíces hasta la guerra de los Mil Días? ¿Son el Estado y el capitalismo criollo los responsables ‘últimos’, como dicen las FARC o un actor importante, como opina el Gobierno.
El informe ofrece respuestas –divergentes– a estas y muchas otras preguntas claves.

Esa es la primera lectura. La segunda es el problema: el ‘resumen’ tiene 809 páginas. ¿Cuántos de los colombianos, que en promedio leen un par de libros al año, van a leerlas?
Esta es una cuestión esencial: la verdad académica (las verdades, en realidad) solo servirá si es pública. Mientras las interpretaciones sobre el conflicto, sus causas y sus responsabilidades no se las apropie una parte sustancial de la sociedad, la verdad será tan útil como la penicilina hasta antes de masificarse.

Poca atención se presta a ese desafío: ¿cómo narrar la paz al país? Los mensajes contra la paz son cortos, simples, contundentes.

La guerra es una cuestiónde comunicación: hay que convencer a muchos de matar. La paz es igual, pero más difícil: hay que convencer a muchos de dejar de hacerlo.¿Cómo se va a difundir y a refrendar masivamente un acuerdo entre el Gobierno y las FARC?Todo el mundo diserta sobre las dificultades de la paz, pero nadie parece acordarse del detalle esencial. La paz tienen que leerla muchos; no solo escribirla pocos.