Gonzalo Maldonado

Payasos y monstruos

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Hace unos años tuve la suerte de conversar con Albert Sánchez Piñol, un escritor catalán que, por aquella ­época, promocionaba su nuevo libro ‘La piel fría’. Yo había leído esa novela unas semanas antes, así que nos juntamos una tarde para tomar café.

Estábamos en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Como es obvio, hablamos sobre aquella ­novela que explora los orígenes de la guerra entre culturas diferentes pero, curiosamente, la mayor parte de nuestra conversación giró en torno a otro libro suyo: ‘Payasos y monstruos’.

Sánchez Piñol es antropólogo y vivió en África. Aquella experiencia y su ojo profesionalmente entrenado para observar gente le sirvieron para escribir perfiles de personajes tristemente célebres como Idi Amín, Bokassa, Mobutu y Macías Nguema, entre otros.

Todos son unos monstruos, en el sentido más crudo del término –me explicó Sánchez Piñol– porque encarnaron la maldad más absoluta. Por ejemplo, Macías Nguema, dictador de Guinea Ecuatorial, aplastaba a la oposición, literalmente hablando. Es decir, ponía bajo una apisonadora a todo el que se atreviera a criticarle o reírse de él.

¿Puede provocar risa alguien tan violento?, le pregunté. Claro que sí –me contestó Sánchez Piñol– porque además de violentos son también terriblemente ridículos. Por ejemplo, causa risa la serie interminable de ­títulos que estos dictadores se concedieron a sí mismos para intentar colocarse por encima de los demás y el boato con el que deseaban ser tratados.

Idi Amín, dictador de Uganda, se autoproclamó “Señor de todas las bestias de la tierra y peces en el mar”, entre otras linduras; y Macías Nguema se adjudicó varias decenas de nombres y cargos ilustres para que los niños se los aprendieran de memoria en las escuelas.

A todos ellos –a Amín, a Mobutu, a Bokassa– también les gustaba asumir el rol de bufones, cantando, bailando y haciendo bromas para entretener a sus conciudadanos.

En público y en privado asumían el papel de payasos para reírse de quien fuera y todos estaban obligados a festejar con ellos, contó Sánchez Piñol.

Por ejemplo, Idi Amín era famoso por las fiestas temáticas que organizaba. Quien se atreviera a escaparse de ellas o el que no mostrase suficiente entusiasmo durante la celebración corría el serio riesgo de caer en desgracia frente al dictador. Eso, al final de cuentas, equivalía a morir asesinado un día cualquiera, sin motivo aparente.

Todos estaban obligados a reírse de los chistes del gobernante pero era impensable que ellos también pudieran hacer bromas. El
único que tiene derecho a reír es el dictador –me dijo Sánchez Piñol– aunque sea a costillas de todo su pueblo.