9 de May de 2010 00:00

Tomar partido

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Iván Carvajal

Los resultados de las elecciones estudiantiles en la Universidad Central han sido aplaudidos con justa razón. Expresan la corriente renovadora de la principal universidad pública y ratifican la elección del rector Édgar Samaniego.

La educación superior ecuatoriana tiene que transformarse. Son profundos los cambios en los campos del saber que inciden en las profesiones y la actividad académica, entre otros, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, la creciente masificación del estudiantado que incluye a jóvenes y a personas adultas, la diversificación de instituciones y profesiones.

Es bueno que se amplíe la cobertura de la educación superior, pero también es necesario asegurar su calidad. La interacción entre universidad, sociedad y Estado es cada vez más compleja. ¿Quiénes están llamados a impulsar y dirigir los cambios? ¿Hacia qué objetivos deben encaminarse las instituciones universitarias?

El flamante Presidente de la FEUE hizo alguna declaración que se ha interpretado en el sentido de que su victoria cierra el período del partidismo y hasta de la política en la Universidad. Es entendible que se declare el fin del partidismo después de un período prolongado de dominio autoritario y sectario de un grupo alineado con un partido populista.

¿Es posible y saludable abolir el partidismo? O, por el contrario, ¿se necesita crear ámbitos democráticos, donde pueda debatirse y decidirse el futuro de las universidades? Lo que debe acabar es una política que se ha basado en el control a fuerza de garrote y en la exclusión de quienes piensan de manera diferente.

La universidad, se quiera o no, es un campo de batalla de posiciones sobre las sociedades, los saberes, la vida. Un ámbito cruzado por la ética y lo político.

Sería grave transitar del dominio autoritario de un partido hacia otro semejante. Grave también la sumisión a poderes políticos o económicos, gubernamentales o privados, que es el riesgo implícito en la interacción entre universidad, Estado y sociedad.

Permanecen en juego cuestiones sustanciales ante las que es inevitable la toma de partido. Entre ellas, las que tiene que ver con el tipo de universidad que se quiere. Más allá de cuestiones formales, es lo que subyace en los debates en torno a la nueva ley de educación superior.

¿Se quiere una universidad tecnocrática, sometida al mercado o a los planes gubernamentales? ¿O una universidad “sin condiciones” en la que prevalezca la libertad de investigación y pensamiento, sustentada en la crítica y en el escepticismo necesario en la búsqueda de la verdad?

¿Acaso los universitarios no han de tomar partido sobre estas y otras cuestiones éticas fundamentales?

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