César Montúfar

¡Parar la 
violencia!

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La semana pasada, ocurrieron situaciones de violencia repudiables. La asambleísta Lourdes Tibán fue agredida por una persona en un hecho que incluso fue filmado con un celular para luego ser difundido en redes sociales, posiblemente como escarmiento.

Lo mismo sucedió con el concejal Antonio Ricaurte que, por motivos totalmente distintos, también fue objeto de una agresión inaceptable.

Este ambiente enrarecido es expresión del estado de ánimo por el que atraviesa el país y, principalmente, Quito, marcado por la intolerancia, el maniqueísmo y la sustitución de la política por una visión moral del mundo.

Luego de ocho años en que se ha exacerbado la descalificación del otro como herramienta política; la negación de todo punto de vista y posición que no sea la propia; nos estamos conduciendo a una realidad política solo habitada por buenos y malos.

Por eso insisto en que los ecuatorianos, pero principalmente, los quiteños avanzamos peligrosamente a una percepción de la política fusionada con la moral, a una perspectiva en que todos los matices desaparecen y la política se reduce a un plano polarizado en que se enfrentan en bien contra el mal.

Sí, Correa tiene mucha culpa de aquello, pero la culpa no es solo de él. El discurso populista tiene al maniqueísmo como uno de sus elementos constitutivos. Pero, en gran medida, es la sociedad la que ha demandado, por décadas, un tipo de liderazgo que simplifique los problemas del país poniendo la culpa en otros y, asimismo, ajuste las soluciones a acabar con los supuestos hacedores de nuestras desgracias.

Y, entonces, la política se transforma en un escenario llano y simple, reducido a encontrar culpables y a demolerlos verbalmente; porque, por suerte, nuestro país tiene el mérito de no haber sido tierra fértil para la violencia física, al menos hasta hoy.

Tanto es así que, por ejemplo, los ecuatorianos valoramos muy positivamente la capacidad de un político de arrasar verbalmente a sus adversarios; que vemos como una cualidad política indispensable la capacidad de subir los decibeles del insulto. Una de las frases más populares de la conversación política ecuatoriana es “¿oíste lo que X le dijo a Y?

Solo recordemos que hace poco elegimos un presidente que se paseó por el Ecuador agitando una correa por los aires.

De ahí que no debamos extrañarnos que ahora estemos pasando a las manos. En estos casos, el paso de las palabras a los hechos es relativamente corto.

Como también es relativamente corta la distancia entre los puños y las balas, y las bombas y la violencia de Estado. Por eso, debemos parar, ahora, la violencia. Ahora antes de que crezca su espiral; ahora cuando aún restan destellos de sensatez y chispas de razón; ahora cuando todavía es posible.

La política requiere de pasión, pero la política no es pasión; la política requiere de moral, pero la política no es moral; la política requiere de confrontación, pero no es confrontación; requiere de adversarios, pero no se reduce a la destrucción de los adversarios.


Esa ha sido la lógica del correísmo y, por eso, ahora nos quejamos de que no se vislumbren alternativas.