Carlos Alberto Montaner

La paradoja de Europa

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26 de June de 2012 00:11

La Unión Europea mira con envidia a Estados Unidos. Hay crisis, pero mantiene un dólar fuerte (comparado al euro), no hay tentaciones separatistas, el desempleo está debajo del 9 % y, aunque débilmente, crece.

El objetivo subyacente en la UE, aunque no se decía, era crear un gran Estado federal con los países del viejo continente.

¿Qué es Europa? La pregunta surgió mientras discutían absorber a los ex países comunistas. Para responderla, en 1993 se establecieron los “Criterios de Copenhague”: formarían parte de la Unión Europea las sociedades que creyeran en las libertades democráticas, respetasen los Derechos Humanos, el mercado y la existencia de propiedad privada como modo de organizar la economía, y que estuvieran dispuestas a cumplir sus obligaciones con la institución.

La Unión Europea no era una cuestión religiosa ni cultural, sino supranacional fundada en creencias jurídicas.

Un hermoso proyecto que ponía fin a milenarios fanatismos y sectarismos del Viejo Mundo. Pero se cometió un error: intentar unificar y homogeneizar a sus componentes al tratar de imitar la composición estadounidense.

Así surgieron los fondos de cohesión. Es decir, transferencias sustanciales de los países más ricos de la Unión Europea hacia los más pobres. Sin discutir por qué los del norte -Alemania, Holanda, países escandinavos- producen generalmente más que los del sur del Mediterráneo -Portugal, España, Grecia-, sino la diferente renta per cápita entre los ciudadanos de ambas regiones.

Prevalecía un espíritu redistributivo e igualitarista. Aunque las sociedades trabajaran distinto y tuvieran tejidos empresariales diferentes; aunque no condujeran sus asuntos públicos con igual honradez y eficiencia, se suponía una responsabilidad de los más poderosos conseguir que la calidad de vida europea tuviera un perfil uniforme.

Esto es lo que hoy destruye a Europa. Los ciudadanos de los países más ricos se sienten engañados y estafados y están dispuestos a castigar en las urnas a los políticos que continúen transfiriendo recursos a naciones en crisis. El error no estuvo en aceptar en la Unión Europea a países muy distintos, sino en intentar dotar de moneda común a sociedades que producen, consumen y administran de forma diferente.

EE.UU. es distinto a la Unión Europea. Aquellas trece colonias que le dieron origen, pese a sus diferencias, compartían un ADN esencial británico. Esa experiencia era intransferible a Europa.

Para salvar el proyecto de la Unión Europea, valioso en mil aspectos, hay que olvidarse de las fantasías federales unitarias. El único destino posible es una confederación muy laxa de Estados desiguales donde conviven sociedades distintas con resultados diferentes. Cada transferencia hecha desde la Europa próspera a la Europa en crisis no contribuye a salvar el proyecto común, sino a hundirlo. Esa es la paradoja.