Sergio Muñoz

Francisco y la política

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El Tiempo, Colombia, GDA

Para el papa Francisco, la gira por América Latina que empezó el domingo tiene dos propósitos claros: evangelizar y difundir su mensaje, abogando por la disminución de la desigualdad y la pobreza, manteniendo viva la preocupación por la justicia social y una mejor distribución de la riqueza.

El Papa piensa que difundiendo el mensaje de la Iglesia que él representa logrará incrementar el número de fieles a esta, o al menos detener la deserción; el número de personas que han abandonado la fe católica para refugiarse en otras religiones o en el agnosticismo es considerable y va en aumento.

Si bien todavía hay más de 425 millones de católicos en el subcontinente, casi el 40% del total de católicos en el mundo, de 1960 a la fecha ha habido un descenso notable de la feligresía. En 1960, el 90% de la población era católica y hoy solo un 69% continúa dentro de la Iglesia. Peor aún, en Paraguay el 68% de las personas que hoy profesan el protestantismo fue criada en el catolicismo; en Ecuador, el 62%, y en Bolivia, el 60%.

Para políticos oportunistas, fotografiarse junto al papa Francisco es una especie de consagración porque el 79% de los ecuatorianos, el 77% de los bolivianos y el 89% de los paraguayos siguen siendo católicos, y la mayoría de ellos tiene al jerarca de la Iglesia en alta estima.

Los tres mandatarios quieren utilizar el mensaje papal para avanzar en sus respectivas agendas. Rafael Correa quiere identificar al Papa con la llamada ‘revolución ciudadana’, insertando su campaña para aumentar impuestos dentro del mensaje papal sobre la pobreza y la redistribución de la riqueza. Sus intentos de politizar la visita de Francisco podrían resultarle adversos.

Evo Morales coincide con Correa en identificar el mensaje papal sobre la desigualdad y la pobreza con su llamado “pensamiento revolucionario”. Además, Evo quiere involucrar a Francisco en el conflicto de su país con Chile por obtener una salida al mar. Para el paraguayo Horacio Carter, la ecuación es más simple y puede reducirse a la exposición del Presidente con el Papa, una foto nada despreciable para cualquier político.

Lo irritante del caso en Ecuador y Bolivia, desde mi punto de vista, es la tergiversación de las actividades políticas del Papa. Francisco es, sin duda, un gran político. Es un hombre que sabe usar su poder para hacer que enemigos que parecían irreconciliables conversen y encuentren soluciones a sus desencuentros.

Para que las mediaciones papales tengan éxito, es imprescindible que ambas partes quieran pactar con sus opositores de buena fe. Correa y Evo no quieren pactar, lo que quieren es perpetuarse en el poder.

La gran pregunta, sin embargo, es si un hombre de la talla de Francisco podrá convencer a los desertores de volver a su Iglesia, y si logrará nuevos adeptos.