Juan Cuvi

Un Papa incómodo

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Últimamente se ha desatado un debate nacional a propósito de la eventual politización de la visita del Papa. Algunas voces han alertado sobre el riesgo de que el Gobierno ecuatoriano pretenda utilizar este evento como mecanismo para compensar el brusco descenso de su popularidad. El debate resulta inocuo e innecesario.

Dos mil años de poder y experiencia no son pelo de cochino. Si algo ha desarrollado la Iglesia Católica en este largo recorrido es una envidiable capacidad diplomática. De sobra sabe cómo lidiar con las efímeras vanidades del poder secular. Es imposible que cualquier gobierno, y mucho menos el nuestro, aspire a manipular a una institución tan antigua como poderosa.

Esperemos que el régimen no incurra en el desacierto de querer sacar más provecho del que las circunstancias se lo permiten.

Tendrá que limitarse a proyectar una imagen confesional acorde con el imaginario nacional. Nada más. Y aunque tiene el mal hábito de controlar y meter mano en todo, en este caso tendrá que admitir, a regañadientes, que no tiene la más mínima posibilidad de hacerlo, inclusive si financia la visita. Tarea dura y amarga para quienes ven en cualquier espacio autónomo una amenaza.

Por lo que sabemos, el Papa no viene como Jefe del Estado vaticano. Por lo mismo, no tiene que cumplir ningún rol político. Su misión es fundamentalmente pastoral: tender puentes con los millones de católicos que estarán pendientes de su mensaje. Para ello no necesita del Gobierno sino por asuntos operativos.

La Iglesia ha priorizado una agenda social y pastoral. Las reuniones anunciadas con organizaciones de la sociedad civil y con colectivos católicos, así como la visita a un barrio marginal de Guayaquil, anticipan la tónica de la visita papal. Es muy factible que en esas actividades Francisco escuche la voz de muchos grupos y personas a los que el Gobierno no quiere ver ni en pintura. En tales circunstancias, la sencillez, la apertura y el diálogo pueden volverlo incómodo para el poder.

Es más, es poco probable que se incline por la pompa, los homenajes y los banquetes con que las autoridades políticas suelen complacer a los visitantes ilustres. Al menos eso se presume de alguien que adoptó el nombre de Francisco como referente misionero. A lo mucho, se limitará a cumplir con las mínimas exigencias protocolarias.

Mientras tanto, las principales autoridades políticas tendrán que renunciar a las tentaciones exhibicionistas que se les hayan pasado por la mente. El Papa no es el goleador insigne junto al cual el Presidente puede pasearse en la caravana de la victoria.

En la misa campal, los jerarcas del correísmo tendrán que descender de las alturas a las pedestres planicies de la feligresía. Y las diosas del Olimpo deberán asistir como simples y mortales pecadoras.