Jorge León

Papa y laicismo de paseo

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La futura visita del papa Bergoglio le está sacando las costuras al Ecuador. Al parecer, todos los sectores de la sociedad han perdido compostura y los unos más que los otros compiten por quién es más papista.

No solo los políticos quieren ser ungidos por la popularidad papal y religiosa; o, en prueba de narcisismo, quieren que su entrega pública al Papa sea un acto de purificación y perdón público por sus dobleces.

Pero la sociedad entera, la prensa, los gremios, la más mínima organización mezclan la expresión de su catolicismo y su rol en la sociedad. Han abandonado el sentido del pluralismo y del laicismo. Pues convierten a la sociedad en completamente católica. Como si fuese “natural” que la religión católica fuese oficial, la única. ¡Que los demás se atengan a ello! Los portadores de las reivindicaciones sociales de demandas y conflictos, ahora, para que estas tengan validez buscan que el Papa las conozca, algo así como que las bendiga.

Por eso ha sido una sorpresa la expresión lúcida y valiente, en este contexto, que los grupos de mujeres Luna Nueva y Las Lorenzas, en una carta a Bergoglio, le recuerden que Ecuador es oficialmente laico, pero que el Presidente, el Alcalde capitalino y el Prefecto del Guayas, por sus ambiciones personales, abusan de los recursos del Estado, así como confunden sus funciones para ganarse el favor papal y popularidad. Se atentaría al laicismo con los viajes a Roma, con el decreto que hace de “interés nacional” (otra vez la facilidad del gasto) la visita papal. Y, hay que recalcarlo, la facilidad gubernamental para convertir ritos y actos religiosos en actos gubernamentales. Minimizan el pluralismo y el laicismo que deberían asumir. Su vida religiosa debería ser de su ámbito personal, no un acto de gobierno.

Occidente vivió una larga historia, con muchas muertes, para lograr el laicismo del Estado y de la sociedad, y poco a poco logró ‘laicizar’ la religión en el sentido que estas y sus manifestaciones religiosas deben ser del fuero personal, interior; ello exige seguir una ética que diferencia bien lo que es del Estado del ámbito personal en lo religioso.

Vale recordar que la sociedad, nosotros, cambiamos a un ritmo más rápido que las religiones, sus dogmas y creencias; aún más en la vida actual. Una sociedad laica, una religión ‘laicizada’ viven más fácilmente esta tensión entre los cambios inevitables de la sociedad y la religión; también evita llegar a los extremos del ‘integrismo’ religioso que pretende que los textos religiosos, de hace siglos, deban ser aplicados a la letra ahora, como lo vemos en el mundo islámico.

Hacer retroceder o no afirmar el laicismo y el pluralismo favorece esta lógica con­servadora de certezas ciegas con negación de la razón. ‘Retrocesos’ históricos que des­truyen la convivencia, pues ‘alguien’ (siempre) define una verdad única sin derecho a la contestación.

jleon@elcomercio.org