Ana María Correa Crespo

De panzas y zapatos mentales

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24 de May de 2012 00:01

Confieso que hace 5 años yo era una más del séquito de “sufridores” que cada sábado y con paciencia de Job escuchaba minuciosamente a Correa en sus sabatinas. Eran tiempos en que se respiraba un aire mágico y todo sabía a novedad. Los chistes, las frases, los gestos y sobre todo los diagnósticos eran implacables. Su palabra era sagrada y todo le resultaba con precisión suiza. Era difícil encontrar el vacío retórico en la larga letanía que –al menos en esa época- resultaba ser el híbrido perfecto entre una clase magistral con comedia en vivo y una sesión de expiación colectiva. Con decirles que hasta los sofismas eran divertidos.

El ensayo de copar todos los resquicios con su imagen, colores y discurso era un fenómeno político nuevo en el país (experimento que seguramente será replicado a futuro por gobiernos de signo ideológico indistinto) y por tanto resultaba imperdible. Además uno andaba buscando pistas sobre lo que este proceso traería consigo, demasiadas interrogantes generaba. ¿Alguien por esas épocas sabía qué significaba el vacuo concepto del socialismo del s. XXI? 5 años después me temo que a la mayor parte de la población –sufridores incluidos– nos tiene sin el menor cuidado.

Esto parece ser síntoma de la resistencia que hemos generado año a año al acto simplista, manido, agresivo y ubicuo del correísmo. Ojo, no digo que el Gobierno no sea aún la opción electoral ganadora para el 2013 por el peso de algunos cambios implementados y por la obra física a la vista de todos, sino que si es que lo sigue siendo, no será precisamente por su discurso, sino a pesar de él.

Es como cuando nos cansamos de la canción que tocan sin cesar en la radio. Si no tenemos opción de cambiar la estación, nuestra mente solo prescinde de la música y se desconecta.

Prescinde de los clichés, las canciones sonsas y las frases populacheras hasta que llega una nota tan disonante como esta, que a pesar de su recurrencia, aún impresiona porque muestra otra vez su dicotomía insalvable: la del católico empedernido que destila sarcasmo contra los no conversos.

Todo sucede en un lapso cortísimo cuando pasa de hablar de la doctrina social de la Iglesia y de las encíclicas papales a descalificar a un analista de la situación del narcotráfico como el “panzón” antipatria. El católico pío termina diciendo que el sujeto en cuestión tiene un zapato en la cabeza (le queda probar cómo entra un zapato en la cabeza de un analista so pena de ser enjuiciado por daño moral).

El guión ya no surte efecto, está gastado y aburre. El tiempo no pasa en vano, ni siquiera para Correa y su romance con el pueblo ecuatoriano.

Del enamoramiento estamos pasando al tedio doméstico con música de fondo a cargo de Ramonet.