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La convocatoria, por parte del Papa Francisco, se un Sínodo especial sobre la Panamazonía se sustenta sobre dos urgencias: un grito por el cuidado de la casa común y sus habitantes y una proclamación de que aún hay esperanza de salvación de muchas formas de vida.

A pesar de que el Ecuador tiene un territorio amazónico de sólo 2%, hay que decir que los valores y las problemáticas amazónicas no tienen que ver solo con la Amazonía, sino con todo el planeta. La Amazonía y la cuenca del Congo son los grandes pulmones de un planeta que, poco a poco, se va deteriorando.

Esta convocatoria se inspira en el Dios de la vida y se remonta al momento en que el cardenal Bergoglio escogió el nombre de Francisco cuando fue elegido Papa. No fue una decisión ilustrativa, sino un proyecto de vida, una apuesta para llevar a la humanidad a recuperar el sentido de la ecología integral, es decir, de una ecología profundamente humana y humanizadora. Mucha gente limita el valor de la ecología al cuidado de la biodiversidad o de la naturaleza. No se da cuenta de la íntima relación de la naturaleza con el hombre, a pesar de que esa armonía existencial se encuentra profundamente amenazada.

La convocatoria del Sínodo ha supuesto una gran alegría para cuantos sentimos la necesidad de cuidar el planeta. Desde hace tiempo me toca compartir inquietudes con muchas personas y grupos que sienten que el Sínodo es una gran oportunidad para dialogar, tomar conciencia y comprometerse a favor de la Tierra y de las Comunidades.

El hecho de que el Sínodo haya sido convocado desde la ventana del Papa y que se celebre en Roma, nos habla de la universalidad del problema y, al mismo tiempo, de la universalidad de la tarea planteada. La ecología no puede ser una moda, más bien tiene que ser una respuesta lúcida y comprometida a favor del futuro de la tierra y de cuantos la habitan. Los pueblos originarios viven integrados con la Madre Tierra -la Pachamama- y conocen los ecosistemas de las selvas, los ríos y los lagos, sus sabidurías, creencias y mitos… Viven una espiritualidad ecológica integrada en la cotidianidad de la vida.

Resulta especialmente difícil acertar con una política positiva si no se hace el esfuerzo de conocer, comprender y alentar de forma ecológica la vida de los indígenas. Para ello hay que aclarar el concepto de Tierra, nuestra casa común, como madre y hermana; la certeza de que todo está interconectado; el énfasis en una espiritualidad y educación ecológica, el cuidado del planeta mediante una vida austera, natural y respetuosa con el medio ambiente.

A estas alturas, el tema ecológico no es sólo patrimonio de unos pocos soñadores, sino de todos. Muy especialmente de los jóvenes creyentes que necesitan asumir un protagonismo socio-político importante. Que ningún joven viva de espaldas al llamado de Francisco.