Monseñor Julio Parrilla

Palabras proféticas

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Las palabras pronunciadas por el Papa en Polonia sobre los migrantes y refugiados no tuvieron un eco suficiente; apenas quedaron diluidas entre los aplausos protocolarios de las autoridades en el viejo castillo de Wawel.

Allí estaban todos: políticos, militares, académicos y religiosos. Y a todos les tocó escuchar las palabras provocadores de Francisco.
No le faltan temores a la vieja Europa, encerrada en su propio bienestar. Y Polonia no es una excepción. A pesar de tener una de las tasas de migrantes más bajas de toda Europa, rechazó acoger a los 7.500 refugiados que, en su día, se comprometió a recibir.

Lamentablemente, Kaczynski llegó a decir que los refugiados traían “parásitos que portan enfermedades contra las que están inmunizados en sus países pero no en Europa”. Sin duda que fue una situación incómoda para el Papa. Cuando, hace más o menos un año, le entregaron el premio Carlomagno, Francisco dijo que soñaba con una Europa capaz de valorar a los enfermos y a los ancianos, en la que ser emigrante no sea un delito, sino una invitación a un mayor compromiso con la dignidad de todo ser huma no, una Europa de la cual no se pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última utopía.
La emigración requiere algo más que temores.

Requiere sabiduría, misericordia y disponibilidad para acoger a cuantos huyen de guerras y del hambre. Cierto que no son pocos los problemas, pero se necesitan sinergias internacionales para encontrar una solución y evitar tantos sufrimientos. Europa tiene la gran oportunidad de efectivizar sus valores, de ser una referencia democrática, de justicia y equidad de cara a los más sufrientes.


Cualquiera pensaría que el refugio es una batalla perdida. Sobre todo ahora, en que terrorismo y refugio se ponen en relación. Dar la cara por los refugiados se vuelve cada día más difícil. Ante los últimos atentados la gran tentación es cerrar las fronteras, las puertas y el corazón. Pero las víctimas están ahí, con su sufrimiento a cuestas y no vale meter a todo el mundo en el mismo saco.


Los ecuatorianos tendríamos que saber mirarnos en el espejo de la historia. También nosotros hemos sido personas errantes en tierra extranjera. Son muchos los que todavía viven en el exterior. Muchos los que también hoy, si pudieran, dejarían casa y tierra. Los problemas están entre nosotros, aquí, lo mismo que en Siria o en Iraq o en cualquier parte del mundo.

Cada uno huye de lo que le oprime o maltrata, al tiempo que intenta recuperar la dignidad perdida.
Las palabras del Papa sobre los refugiados no suenan bien en Europa, pero son palabras proféticas que, algún día, reconoceremos como verdaderas. Lo que está en juego es la dignidad humana, no solo la de las víctimas, sino también la de aquellos que acogen o rechazan al hermano herido.