Fernando Tinajero

El país soñado

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Por mucho que desconfíe del resultado que se pueda obtener del diálogo que acaba de abrirse, no puedo renunciar a ese viejo sueño que he alimentado desde hace muchos años: el sueño de un país donde impere la justicia sin sacrificar la libertad.

El sueño de un país donde el respeto entre los ciudadanos sea norma habitual de convivencia, y conducta permanente de los que en forma transitoria deben encargarse de ejercer las funciones de gobierno y de servicio, que en el fondo son lo mismo.

El sueño de una sociedad que siempre tenga mayor importancia que el Estado. El de un poder verdaderamente compartido y sujeto a control por parte de los ciudadanos. El sueño de un país transparente, pero sin propaganda que atosigue, sin ingenuos dispuestos a tragarse ruedas de molino. El sueño de un país donde el conocimiento no sea un privilegio de los pocos que disponen de recursos, sino atributo general de todos sus habitantes.

Donde las leyes sean justas y siempre respetadas, sin trampas ni pequeñas triquiñuelas. ¿Que ese sueño se parece demasiado a las ofertas e informes que escuchamos a diario? Sí, puede ser. Pero el país que yo sueño es uno donde esos caracteres no sean meros recursos de una retórica cansina, sino atributos concretos de la realidad social. Donde la opinión pública se construya colectivamente en el espacio público, y no en las oficinas de ningún ente público o privado. Un país donde opinar no sea una mala palabra y disentir sea siempre un derecho respetado.

Un país donde los gobernantes confíen en su pueblo más que en sí mismos, y tengan la sensatez suficiente para reconocer cuando están equivocados. Un país donde los pobres sean solamente un mal recuerdo del pasado y los ricos nunca lo sean demasiado para llegar a enceguecerse. Un país donde haya armonía entre la naturaleza y los seres humanos, y que las generaciones del futuro sean también protegidas. Un país donde la palabra tenga más valor que el dinero, la violencia sea un mal erradicado y la muerte nunca sea recompensa de los que tienen el valor de estar en desacuerdo.

Sueño un país que tienda las manos a todos sus vecinos, pero sepa cuidarse de los que le hacen daño. Donde la integración deje de ser un adorno de los discursos de ocasión, y pueda convertirse poco a poco en realidad tangible. Un país que favorezca el tránsito de las personas mucho más que el de las cosas, y que pueda ofrecer a todos la mejor de las vidas, que no es ciertamente la que tiene más lujos. Un país donde los viejos no sean reducidos a la condición de estorbos, y los jóvenes estén dispuestos a escuchar su experiencia.

Me dirán, ciertamente, que ese país no es posible y que no pasa de ser una utopía. Me dirán que el ser humano nunca podrá librarse de ciertos atavismos. Que el mundo nunca será completamente luminoso, sino pintado en gris, en claroscuro. Sí, pero eso no impide que sigamos soñando, porque debemos saber que lo difícil es para hacerlo hoy mismo, porque mañana haremos lo imposible.

ftinajero@elcomercio.org