Monseñor Julio Parrilla

Por un pacto social

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Ya saben, los títulos de los artículos, por razones de espacio, no pueden ser muy largos. Hubiera querido que el título dijera: “Por un pacto social a favor de los pobres”. Y es que a mí, como a muchos, nos toca constatar una innegable realidad que queda semiescondida o medio disimulada tras las cifras de la macroeconomía y los lindos spots de la propaganda oficial: me refiero a la pobreza, todavía lacerante, de muchas personas y comunidades (sin ir más lejos, de mi querido Chimborazo). Los sociólogos hablan de bolsas de pobreza, que quedan ahí, botadas como las bolsas de la basura en medio de la vereda… Lo triste es que los pobres hoy, más que necesitados, son descartables, personas desechables que quedan en la cuneta, inevitablemente al margen del progreso.

¿Qué hacer a favor de los pobres? El triunfalismo de las cifras (hoy mitigado por la crisis económica y la previsible/imprevisible caída del precio del petróleo) solo nos habla de lo bueno, de lo maravilloso que es este país. Todo ha quedado envuelto por el dulce aroma del buen vivir, aunque no sepamos muy bien en qué consiste ni adónde nos lleva… Pero habría que cuantificar y saber cuánta de nuestra población marginal, rural, indígena, vive inmersa en el fenómeno de la exclusión social: excluidos del trabajo, de la vivienda digna, de la salud, de los servicios sociales y públicos, entre otros.

Situaciones que deberían de encontrar respuesta en el esfuerzo por potenciar procesos de inclusión social, dejando al margen discusiones partidistas y abriéndose al diálogo por un pacto social que una en un único frente a todos los que ejercen el poder político y económico y tienen la responsabilidad de decidir.
¿Algún día los políticos en vez de tomar partido por su partido, tomarán partido por el bien común, por la dignidad del hombre?
No se trata solo de soluciones técnicas. En toda acción a favor de los pobres hay que poner la conciencia y el corazón. De aquí la necesidad de movernos en el horizonte de una ética humanista, atenta siempre a la dignidad de la persona, a erradicar la corrupción y la inmoralidad pública, este rápido enriquecimiento de las llamadas clases dirigentes que antes se comían las uñas y ahora se las pintan de purpurina, ellos, los primeros beneficiarios y los pobres, los más injustamente afectados.

Ojalá que en medio del mareo que supone hablar de salvaguardias, controles arancelarios y balanza de pagos, seamos capaces de reaccionar y de poner atención a las propuestas de desarrollo social, a cómo la crisis afecta a los más pobres, a cómo mejorar la calidad de vida de los que, lejos de sentarse a la mesa, siguen dependiendo de las migajas que caen del mantel.

¿Cuándo la Asamblea hará el gesto político y humanitario de una votación unánime a favor de un pacto social que trabaje por la inclusión de los excluidos?