Diego Pérez

El pacto implícito

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20 de October de 2013 00:05

Es que acá hay un pacto implícito, un acuerdo silencioso pero al tiempo bastante evidente para mirar hacia el otro lado, para no mover demasiado las aguas, para mejor no cuestionar a los fuertes y así no meterse en problemas. Una variedad de "entente cordiale" adaptado a las circunstancias: yo agacho la cabeza para que tú no me pegues, yo no te molesto si tú no hablas mucho y te aprendes de memoria -para recitarlo- el catecismo oficial. Es que, claro, el poder no tiene miramientos, día a día prueba sus propios límites y experimenta con la tensión de la cuerda (hasta ahora, es preciso reconocerlo, con gran éxito práctico). Es como una máquina que, al principio poco a poco y ahora a paso acelerado y en actitud rampante, va copando todo sin dejar resquicios ni para el oxígeno, ejerce control sobre todo lo imaginable y posa su mirada en todos. Una especie de vigilar para posteriormente castigar, una suerte de monitorear para luego exigir disculpas y perdones. Lo más conveniente es no alzar la cabeza, no llamar demasiado la atención, no exponerse a los vejámenes. No correr riesgos innecesarios.

Esta género de pacto silente tiene varias capas y algunas consideraciones. Por un lado las clases altas y sus empresas buscan desplegar puentes y portarse bien para no perder oportunidades de negocios públicos, para no caer en listas negras o para, peor todavía, ganarse un mal momento de sábado a la hora del almuerzo. Por eso, también, las élites y sus entornos, pasean campantes en sus lujosos automóviles (los extranjeros se maravillan ante la ostentación de los autos en Quito). Cariñosos, acarician los lomos de sus suntuosos caballos y han convertido a lo maravillosas que son las carreteras que llevan a sus casas de playa en conversación clásica de cóctel. De momento, claro, los temas importantes son para otros países y para otros vientos: los derechos fundamentales, la libertad de expresión o el acoso estatal. El país no está preparado para esas rarezas, esperemos no más.

Mientras todo lo anterior indiscutiblemente sucede, las clases medias sueñan mientras recorren los corredores de los "malls" (acá y en Miami), mientras llenan alegremente los "lounges" y los "after" - vaso de whisky en mano- y calculan el techo de las tarjetas de crédito y las cuotas del préstamo. Y, más abajo, el poder conquista adhesiones con subsidios, excentricidades, radicalidades y obras de infraestructura. Parte de este acuerdo tácito es identificar a lo que en estos lares entendemos por democracia con el cemento y con el hierro: el régimen que adoquine, encemente, pinte y arregle será democrático en sí mismo y sin cuestionamientos, sin importar las formas ni el verdadero fondo, es decir, la tolerancia, la contención del poder o la moderación. Mientras más elefantes blancos haya, más república seremos. Una suerte de democracia faraónica.