Pablo Cuvi

Muertos en el cine

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A raíz de la entrevista que me hiciera Ivonne Guzmán para este Diario me han preguntado, entre otras cosas, qué es la muerte para mí y ‘qué onda esa película que dizque has escrito’. Por razones de espacio me limito a contestar qué es la muerte para mí… en el cine.

Siempre he creído que la muerte debe ser usada en la pantalla y en la literatura con mucha discreción y economía, como uno de los ingredientes de un plato equilibrado. Descarto las películas que nos bañan en sangre y los relatos que resuelven todo con un par de muertos al final. Eso es lo fácil; lo difícil es que sigan actuando incluso cuando la muerte y sus alrededores constituyen el escenario central. Ese fue el desafío de mi guión ‘La última escapada’, filmado por Richard Blank para la televisión alemana y que cuenta la historia de un adolescente cuya pasión por una madame lo lleva a transgredir la frontera del más allá y es traído de vuelta por las fuerzas angelicales del orden.

Eso me gustó de ‘Alba’, la muy sonada película de Ana Cristina Barragán: que la muerte natural de la mamá es manejada con discreción, sin una toma demás. Esa delicadeza en el trato cinematográfico se extiende a toda película, salvo en la excesiva decrepitud del padre, que afecta la verosimilitud. ‘Alba’ es una buena y sensible ópera prima, aunque demasiado previsible, lo que puede aburrirnos a ratos. Mucho más audaz y creativo fue el guión que la misma directora (a quien no conozco personalmente) envió a un concurso del que fui jurado con un guionista que compartía mi enfoque y tres señoras que ni siquiera lo calificaron para la ronda final, a pesar de que era, de largo, el mejor texto del concurso. Ojalá Ana Cristina se arriesgue a filmarlo y nos sorprenda con algo nuevo, alocado y distinto.

En cambio, la más reciente película de Sebastián Cordero, el mejor cineasta nacional, se aventura por el camino opuesto y, bajo el título de ‘Sin muertos no hay Carnaval’, colma la pantalla con asesinos sin escrúpulos que lindan con la tira cómica. Asesinos los tres oligarcas, asesino el abogado y sus sicarios, asesinos los muchachos vengadores y las autoridades cómplices. Quizás si entraba de lleno en la parodia, como en la escena del hospital tomada de ‘El Padrino’, habría rescatado algunas actuaciones que sí dan la talla.

Sabemos que la versión original pertenece a Andrés Crespo, notable actor ecuatoriano que ha llegado hasta la serie ‘Narcos’ de Netflix. Luego, actor y director colaboraron en el guión final, de modo que el personaje del abogado corrupto está hecho a la medida de Crespo, que lo encarna muy bien. Pero la narración se enreda con la muerte del niño alemán cuya historia paralela se va juntando con pinzas a la trama del negociado de tierras hasta esa segunda cacería que solo sirve para escenificar otro asesinato innecesario.

¿Por qué el por lo demás talentoso Cordero no busca la colaboración de un guionista profesional?