Pablo Cuvi

La izquierda de antes

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Hubo un tiempo no muy lejano en que ser revolucionario implicaba espíritu de sacrificio, renuncia a las comodidades y lealtad a toda prueba. No faltaba uno que otro pícaro, por supuesto, ni faltaban alocados y estalinistas, pero era gente dispuesta a jugarse el pellejo y nadie se metía a la revolución para hacerse rico. Pienso en particular en aquellos estudiantes de clase media que abrazaban la causa motivados por lecturas marxistas, manifestaciones callejeras y amigos febriles.

De allí surgió una figura que se tornó arquetípica en América Latina desde los años 30: el escritor militante de izquierda. Entre nosotros, se me ocurren los nombres de Enrique Gil Gilbert, autor de ‘Nuestro pan’ y dirigente del Partido Comunista, y Joaquín Gallegos Lara, el de ‘Las cruces sobre el agua’, quien llegó a decir que cuando uno come algo en Ecuador se lo está quitando a otro, tal era la situación de pobreza e injusticia de esa época.

Anoto esto porque la semana pasada entrevisté a Sergio Ramírez, quizás el mejor ejemplo de esa especie en vías de extinción. Este gran novelista nicaragüense acaba de obtener del Premio Cervantes y durante dos décadas participó en la última revolución de verdad que hubo en América Latina, llegando a ser vicepresidente de su país. Pero cuando los jefes sandinistas se apropiaron a título personal de los bienes incautados a Somoza, él y Ernesto Cardenal y otros intelectuales honrados criticaron la corrupción y se apartaron de un movimiento que emprendía así el infame trayecto hacia el neosomozato de los Ortega-Murillo, a quienes la canciller Espinosa, acompañada de Patiño, voló a visitar no bien hubo asumido sus funciones.

Las aventuras y desventuras de la época revolucionaria están recogidas en ‘Adiós muchachos’, libro imprescindible donde Sergio cuenta que, además de las enormes tareas que desempeñaba como vicepresidente, se levantaba a las 4 de la mañana a escribir la novela ‘Castigo divino’ durante un par horas robadas al sueño. Difícil encontrar un caso más poderoso de vocación literaria.

En nuestro diálogo surge la ética como un elemento insoslayable de la revolución. Cuando su hijo integró un batallón irregular que peleaba con la contra, él vivía la zozobra de cualquier padre que todos los días se pregunta si no han matado a su chico. Pero él no era cualquier padre sino la segunda autoridad del país y con una llamada podía ponerlo a salvo. ¿Por qué no lo hizo? “Porque eso me hubiera parecido inmoral cuando tanta gente estaba arriesgando su vida. Era parte de la cuota que había que pagar”, responde.

Comparen esto con la fatuidad de un economista que se creía rey y dilapidó una fortuna anual en la seguridad de una hija que estudiaba becada en Europa, donde no corría el menor peligro, mientras su corte de intelectuales seguía aplaudiendo.