Pablo Cuvi

Regionalistas

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23 de agosto de 2014 00:00

Un historiador anuncia con entusiasmo el ocaso del regionalismo, cuyos últimos rezagos persistirían tan solo en pequeños círculos oligárquicos y separatistas. Las autopistas y los aeropuertos flamantes, la movilidad y las vacaciones internas habrían sido los remedios definitivos para ese cáncer ancestral.

Es verdad que el tren y las carreteras que fueron integrando el país en el siglo XX debilitaron ciertas tendencias regionalistas, pero hablar de una “realidad superada” suena a fantasía. La historia y los periódicos nos muestran a cada rato que esos sentimientos (y resentimientos) permanecen latentes porque las identidades regionales y sus expresiones negativas y positivas tienen raíces mucho más hondas que el asfalto de las autopistas y los cebiches degustados al filo del mar: basta una buena crisis económica para que resurjan con toda su fuerza, aquí y en la quebrada del ají. ¿Quién hubiera soñado diez años atrás, mirando a esa España llena de cemento, turistas y progreso, que Cataluña iba a plantear su separación?

‘Regionalismo’ es un término ambiguo que tiene diversos sentidos pues suele estar contaminado de racismo o colonialismo y viene cargado de estereotipos, emociones, nacionalismo, inseguridad. Una inseguridad que nace también de las diferencias económicas y culturales, de modo que hay allí mucha tela que cortar. Veamos, por ejemplo, la cuestión de la autoestima. Tengo amigos costeños que han vivido 40 años en Quito y no han perdido su acento al hablar. Tengo amigos quiteños que a la media hora de haber aterrizado en Guayaquil o Manta empiezan a evitar ‘el Julio’ o ‘la María’ e intentan contagiarse del acento mono, como si les diera vergüenza sonar muy serranos. Estas percepciones se refuerzan con bromas pesadas y programas de TV donde predomina un humor ­guachafo y tropical.

Pero ampliando la mira encontramos algo curioso: a los pocos meses de haber migrado a España, los mismos costeños que jamás hablarían como serranos comienzan a imitar a los españoles aunque no sepan dónde diablos encajar las zetas ni los dichos, ni la convicción, porque detrás de esa manera de hablar hay toda una cultura y una visión del mundo que no se copian así no más. Algo parecido les sucede a los andinos que van a estudiar o camellar a Buenos Aires, donde asimilan retazos del tono y la arrogancia del porteño.

Si en el caso de los trabajadores puede ser una cuestión de supervivencia, un camuflaje en medio de la selva de asfalto para pasar desapercibidos, en los clase media se advierte un sentimiento de inferioridad que acata la imagen sobredimensionada del otro. Las escalas son múltiples: van desde el quiteño que discrimina a los chagras y campesinos de provincia que emigran a la capital, hasta el cruelmente ridiculizado cholo-boy que vive a su manera la cultura norteamericana. ¿Y qué decir de las etnias amazónicas acorraladas por la política petrolera del Estado de siempre?