Óscar Vela Descalzo

Nuevos campos de concentración

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Los primeros campos de concentración que conoció la humanidad habrían sido creados por los rusos en el siglo XVIII para recluir a ciudadanos polacos rebeldes durante el llamado “reparto de Polonia”. Posteriormente, el imperio británico también construyó varios campos en sus colonias africanas.

En América, los primeros lugares de confinamiento y exterminación para seres humanos fueron los que organizó el criminal español Valeriano Weyler, un general de origen mallorquín enviado por su gobierno para aplacar la tardía corriente independentista que se expandía en la isla bajo inspiración de José Martí y Antonio Maceo. Para el efecto, una de las primeras decisiones de Weyler fue la de conformar los campos de concentración rurales que tenían por objeto impedir que los campesinos cubanos se adhirieran a los rebeldes a lo largo de la isla.

Los crímenes que se cometieron en aquellos campos fueron espantosos. La gente, entre ellos una parte importante de niños y mujeres, morían especialmente por hambre y por enfermedades, y a los hombres más fuertes se los desaparecía por temor a un amotinamiento. Se dice que en los campos cubanos de reconcentración, como los llamó el propio Weyler, entre 1896 y 1898, murieron más de 100 000 personas.

Luego la historia conoció en el siglo XX los campos de exterminio más brutales: los Gulags de la Unión Soviética y los campos nazis de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, en pleno siglo XXI, los campos de concentración siguen vigentes. Algunos permanecen ocultos en zonas bien camufladas por las dictaduras supervivientes. Allí se recluye a opositores y contradictores, a los no alineados con sus ideas oprobiosas, a los que de algún modo entrañan peligro para sus proyectos totalitarios.

Pero también están los campos de confinamiento que se han creado para albergar a cientos de miles de refugiados en territorios como Turquía y Grecia. Estos campos son conocidos, aceptados y financiados por los estados más poderosos del planeta. Hace pocos días la Unión Europea, en una decisión inhumana, aprobó el pago de 6 000 millones de dólares a la Turquía del inefable Erdogan para que este país detenga y albergue en sus territorios a los refugiados, especialmente sirios, que intentan llegar a Europa en su éxodo desesperado por alejarse del horror del terrorismo fundamentalista del Estado Islámico.

Las condiciones inhumanas de hacinamiento y hambre en esas prisiones masivas han sido ampliamente divulgadas, pero a nadie le importa. Tampoco se sabe con certeza cuál será el destino final que les espera a las víctimas de la miseria y del fanatismo religioso en las enormes prisiones creadas solo para ellos en Grecia y Turquía. Y es que el destino de esa gente les tiene sin cuidado a los más poderosos. Ellos prefieren cerrar sus fronteras y disfrutar de la paz que allí reina. Para eso precisamente han financiado los nuevos campos de concentración, para vivir tranquilos, lejos del peligro, mirando hacia otro lado.