Graciela Melgarejo

Amores y desamores

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El viernes pasado, en Twitter, ortografía/noticias (@WikiNotas) tuiteó la siguiente pregunta: “¿Enamora una persona sin ortografía?” A continuación se agregaba al tuit una dirección electrónica (pic.twitter.com/qnsW8XN7jw) que remitía a este texto: “La ortografía no enamora, pero tampoco me veo con alguien que quiera «*aserme mui felis»”.

Aunque parece raro que pueda haber una persona “sin ortografía”, o que alguien llegue a escribir “*aserme mui felis” (aun para el que tiene faltas sería casi un mérito escribir mal las tres palabras seguidas), es interesante la irónica propuesta “tuitera”.

No se trata solamente de tener mala memoria para recordar la ortografía correcta (incluso esto está cada vez más en duda) o de la falta de más y mejores lecturas (esto sí que ayuda), se trata de que muchas veces el que escribe ignora por completo de qué se habla y lo asimila a algo que sí conoce. Veamos el ejemplo del ingeniero Juan C. Cervellera, en su correo electrónico del 26/8: “Animales en la capilla... y en el diario”. Cervellera se limita a copiar un aviso aparecido en la sección Participaciones Sociales (Misas) de este diario, del cual se reproduce el fragmento que interesa: “(...) tiene el agrado de invitar a la misa de acción de gracias por los 101 años del nacimiento de la cierva de Dios...”. El lector Cervellera no necesita agregar más: es obvio que se trata, sí, de una “sierva de Dios” y no de un grácil animalito. Basta ir al Diccionario de la Real Academia Española en línea o en soporte papel para comprobar fácilmente que siervo (http://lema.rae.es/drae/?val=siervo) y ciervo (http://lema.rae.es/drae/?val=ciervo) son todavía dos cosas bien distintas, con dos etimologías diferentes, además.

Tampoco se puede pensar en una errata, porque el contexto de “sierva de Dios” es muy exacto: en el catolicismo, es el primer grado que se le otorga a una persona que es candidata a ser beatificada y posteriormente canonizada. Es evidente que la persona que tomó nota del aviso no ha reparado jamás en que hay una diferencia; ni siquiera ha sido capaz de relacionar esta palabra con otra expresión muy usada, como “siervo de la gleba”. Aquí faltó “la debida experiencia”, como decía Borges: los debidos conocimientos de historia y religiosos.

Un pequeño cambio, puede traer grandes consecuencias. Como el que advierte otro lector, el 3/9; escribe el doctor Eduardo E. Kabat: “En la edición del lunes, en Santoral, figura que el santo del día es «San José, juez», pero en realidad es San Josué, juez, sucesor de Moisés”. Las aclaraciones son bienvenidas, entonces. Como la del lector Augusto E. Fernández Vivot, en su mail: “No es exacto que Isaac Asimov haya inventado la palabra robot en 1939, como dice el suplemento Conversaciones, del 18/8.

Apareció por primera vez en 1920, en la obra teatral de Karel Capek RUR (Robots Universales Rossum), que se estrenó en el Teatro Nacional de Praga en 1921. La palabra robot deriva de la palabra checa robota, ‘trabajo forzado o servidumbre’. Lo que sí acuñó Asimov es el término robótica”.

Graciela Melgarejo
La Nación, Argentina, GDA