Washington Herrera

Política de austeridad

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wherrera@elcomercio.org

Una política de austeridad supone severidad en las decisiones de gasto de los dineros del pueblo, implica sobriedad en los actos de gobierno y eficiencia para alcanzar los propósitos.

Austeridad es sencillez, prescindencia de alardes y, fundamentalmente, acierto en las prioridades de incluir para crecer. Ahora que se aprecia una tendencia a la baja de los precios del petróleo, cuya duración es impredecible, la actitud austera debe ser un imperativo nacional.

Si bien el petróleo no es todo en la economía nacional, es un referente emblemático que influye en las expectativas y condiciona decisiones de los agentes internacionales en materia crediticia y financiera. Si bajan aquellos ingresos sube el costo de los préstamos, aumenta el riesgo país y el clima se enrarece porque hay la percepción de que disminuye la capacidad de pago. Entonces, no solo hay que ver las cifras frías sino su influencia en todo el contexto de la economía.

Hasta aquí hemos vivido una etapa de abundancia por los altos ingresos de las exportaciones y por el endeudamiento agresivo de los últimos años.

Cuando hay abundancia, el desperdicio es inevitable y casi imperceptible porque se esconde en la vorágine del gasto incontrolado. Por ello es que, paradójicamente, estas malas noticias pueden convertirse en motivos de buenos propósitos, para corregir el mal gasto y priorizar el buen gasto en inversiones reproductivas. Para esto es preciso revisar serena y reflexivamente las prioridades, prescindir de programas de dudosa repercusión social, sobre la base de análisis concretos y no de decisiones ligeras y poco meditadas. Por ejemplo, hay que gastar menos en propaganda innecesaria, en viajes improductivos, en obras improvisadas, en exceso de entidades públicas, en tantos gabinetes itinerantes que quitan tiempo a la correcta acción de gobierno.

La política de austeridad debe aplicarse también en el buen uso del tiempo de los gobernantes, pues su abuso y desorden inciden en la calidad de las decisiones y en el correcto orden de prioridades. Hasta aquí se ha gobernado con mucha buena voluntad pero a veces sin concierto, sin planificación que defina el costo/ beneficio de las inversiones.

Para gobernar con seriedad es necesario sujetarse a una planificación que impida que se dé saltos mortales, que luego son onerosos para el pueblo.

La publicidad es abrumadora y más bien perjudica a la imagen del gobierno a tal punto que parece –según encuestas- que el concepto que tiene el pueblo del presidente Correa se está deteriorando en este año.

En lugar de la propaganda debe enviarse mensajes para enseñar: a saber comer, a cumplir con las leyes de tránsito, a cuidar preventivamente la salud y en general inculcar hábitos virtuosos para progresar en la calidad de vida.