Enrique Echeverría

Vivir bajo el miedo

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Sentimiento de miedo se produce cuando conocemos la extensión, profundidad y peligrosidad de la delincuencia actual.

Comenzando por el delito atroz –tráfico de estupefacientes- vemos cómo la autoridad y la Policía incautan cocaína, ya no en pequeñas cantidades sino por toneladas. Inermes, observamos cómo los sicarios siegan la vida de una persona tras otra. Se han perdido el respeto y el temor incluso a los policías: ahora asesinan a uniformados cuya más reciente víctima es Jairo Becerra, quien intentó evitar un robo en la ciudad de Guayaquil.

¿Delincuentes realmente malvados? Un sujeto, que no es loco, ingresó a la habitación y atacó con un martillo a sus dos hijos de 2 y 4 años de edad, destrozando sus cráneos. Una mujer, en Riobamba, estranguló a su pequeña hija por haber dejado caer un televisor.

En el barrio Mapasingue, en Guayaquil, un joven de 18 años asesinó con 40 puñaladas a su compañera; y a su hija, la degolló.

La fría estadística refiere que, en el año 2014, se registraron 1 303 muertes violentas; y entre enero y mayo de este año 2015, se reportan ya 372 crímenes.

Para aumentar el reguero de sangre, se producen centenas de accidentes de tránsito. Algunos no se convencen que conducir el vehículo en estado de embriaguez es colocarse cerca de la muerte. Que el exceso de velocidad trae consecuencias muy graves. El autor de esta nota presenció en la Ruta Viva, Quito, a un camión que había chocado un auto y lo lanzó contra el que estaba delante; este, contra el siguiente; y así sucesivamente: nueve automóviles estaban dañados en el mismo lugar.

Y qué pensar luego de leer el reportaje de la periodista Sara Ortiz, en EL COMERCIO, edición de 20 de junio: “Informe. Del 2013 al 2014, la Fiscalía de Pichincha recibió 6 700 denuncias por estafa. Otros 854 casos se reportan en cinco provincias. Publicidad engañosa afecta a 7 554 compradores de casas”.

Han aumentado las penas en el nuevo Código Penal. Bajo sus normas, a tres autores de los asesinatos ya indicados, la justicia los condenó a 34 años de cárcel. Sin embargo, el fenómeno no se reduce.

Hace 40 años nadie discutía la afirmación “a mayor pobreza, mayor delincuencia”. En estos años, hay alguna comodidad económica, pero la delincuencia continúa en ascenso, probando que la proclama generosa en su favor no da ningún resultado.

Si alguien tiene la esperanza de que el condenado se redimirá con la prisión (posible con los de primera condena y delito menor), no importa el tiempo de la pena; al menos permanecerá aislado de la sociedad para no causar más daños.

Los infractores de la ley tienen muchas garantías. ¿Y las víctimas cuántas tienen para su vida, sus bienes y su derecho a vivir en paz?

El hurto y el robo menor cunden. Se tornan insoportables, pues suceden cada día y a cada momento.