Ivonne Guzmán

El perfume de la ilusión

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 1
Triste 0
Indiferente 2
Sorprendido 0
Contento 25

iguzman@elcomercio.org
Una pareja joven acaba de desembarcar en la ventana de enfrente. Han pasado todas las fiestas desempacando cartones; dándole forma a la vida. Empezando la vida. Como se supone que nos toca a todos en las próximas 48 horas, porque el calendario y la convención social así lo mandan. (Re)inventarse la vida cada 1ro. de enero.

Los veo –siempre de reojo, pues no quiero ser vista viendo– moverse en un ballet mudo sabiendo, ¿fingiendo saber?, dónde va cada cosa y cómo no tropezar el uno con la otra en el trajinar de ir armando una cocina, una casa, una vida. Son jóvenes y (al menos siempre que los veo) se hablan poco. Tal vez de eso se trata todo esto: de hablar menos, de hacer más. De lanzarse a una coreografía improvisada y, sin embargo, perfectamente sincronizada con aquellos que la vida pone –por mucho o por poco tiempo– a nuestro lado.

La vida: eso que nos toca reinventar cada 1ro. de enero; como un ejercicio de fe; como un acto de locura, también. Porque incluso a sabiendas de que todo está perdido, insistimos.

Supongo que si yo los veo, ellos también me han visto. Pero son lo suficientemente discretos para no hacérmelo notar. Únicamente nos vemos en la cocina: un lugar pensado para la convivencia múltiple, que además es público, visible. Aunque las ventanas de nuestros dormitorios también coinciden, ahí nunca nos miramos. Las persianas siempre abajo; el ‘blackout’ omnipresente, como otra pared.

¿Cómo se construye la vida en una habitación diseñada para descansar y/o amar o procrear o cualquiera de sus sucedáneos? Sé la respuesta que me corresponde; para ellos aplico una frase manida de Tolstoi: “Las familias felices se parecen todas entre sí; las infelices son desgraciadas cada una a su manera”. Como están comenzando prefiero pensar que son felices o anhelan serlo; los comienzos suelen llevar impregnado el olor de la ilusión.

Pero eso no quiere decir que no haya que hacer lugar para la incertidumbre en esa construcción que llamamos ‘vida de recién casados’ o ‘año que comienza’ o ‘padres primerizos’ o lo que fuera. Lo incierto y lo incontrolable son huéspedes odiosos que nos acompañan al comienzo, en la mitad o al final de nuestras vidas. Irremediablemente.

Veo a la pareja recién desembarcada estirar brazos (para alcanzar una olla), subirse a sillas (para acomodar vasos), cargar cestos (supongo que llenos de ropa) y sé que no está pensando en lo que Adriano –el de Yourcenar– cavilaba cuando le escribía a Marco: “Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo”. No lo piensan, no tendrían por qué hacerlo, están comenzando.

Entonces, mejor brindemos por los desembarcos, los comienzos, los perfumes de la ilusión que nos depara este nuevo año.