Manuel Terán

Utopías truncas

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Una ola de desencanto debe recorrer por buena parte de la población de América Latina. Principalmente en aquellos que se formaron soñando en una transformación histórica, en la que el subcontinente iba a convertirse en la sucursal del cielo en la tierra. Había motivos para tejer esperanzas. Algunos dictadorzuelos veían terminarse sus ciclos de terror y sangre; parecía que sus regímenes oprobiosos iban a ser reemplazados por otros, en los que habría un pleno ejercicio de las libertades. Pero todo se truncó. El mayor referente revolucionario terminó convirtiéndose en la dictadura más larga que ha soportado un país de la región y buen número de sus habitantes inmersos en una diáspora sin que nadie quiera dolerse de su penosa situación. Los que ayudaron a sacar a una dinastía aferrada al poder pronto se desencantaron cuando observaron que su comandante tenía similares intenciones, lo que se confirma en la actualidad, a casi treinta años de esa lucha, cuando junto con su esposa piensa presentarse a una nueva jornada electoral amañada para sacar ventajas a sus rivales. Salvo que el cinismo haya calado profundo en sus antiguos espíritus críticos, no deben encontrar sosiego al observar a una Venezuela devastada por la pobreza, la corrupción y los escándalos de narcotráfico que salpican a personajes del poder.

¿Cómo entender que supuestos defensores de los derechos humanos se encuentren en obscuros manejos de fondos públicos y esgriman su trayectoria para tratar de evitar que los investigue la justicia? ¿Cómo se sentirá tanto intelectual zurdo que apoyó a la pareja patagónica que tuvo el poder en Argentina, al ver montañas de dólares en una caja de seguridad de la hija de los exmandatarios o cuando un alto funcionario es atrapado con maletas llenas de dinero ingresando a la madrugada a un convento?

¿Esos eran los actores que cambiarían Latinoamérica? ¿La revolución y las transformaciones iban acompañadas de financiamiento proveniente de la extorsión, como ha saltado a la luz en el gigante brasileño, mecanismo capitaneado por un ex-obrero metalúrgico que, luego de su salida del poder, utilizaba su “prestigio” en la región para realizar cabildeos a favor de empresas que obtenían jugosos contratos repartiendo coimas a las autoridades de esos países?

Todo se ha mostrado como una verdadera farsa. Perdieron la oportunidad de convertirse en verdaderos referentes del cambio, como sí lo fueron otros en España y Chile en su momento. Lejos de compartir sus tesis, no se puede negar que Felipe González supo leer el signo de los tiempos y actuó como se requería, para impulsar el gran salto que dio España en la década de los ochenta. Igual cosa se puede decir de Lagos y Bachelet, que continuaron empujando la marcha de su país sin arrojarlo a experimentos peligrosos. Debe ser amargo asimilar que es prudente alejarse de las novelerías y evitar caer en la tentación de impulsar disparates que luego se vuelven nefastos para el futuro de los pueblos.

mteran@elcomercio.org