Milagros Aguirre

La travesía

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Una nueva ruta migratoria se ha abierto por el río Napo. Hace poco, 31 personas de distintas nacionalidades (Senegal, Haití, Cuba, Congo) entraban desde el Perú por esa olvidada frontera selvática, pasaban Nuevo Rocafuerte y llegaban a Coca. No eran los primeros pero sí, el grupo más numeroso. Fueron detenidos sin que hubiera motivo para ello: la migración no es delito en este, el país de la ciudadanía universal.

Una semana más tarde entraron cinco personas del Congo, en un viaje larguísimo (Kinshasa-Sao Paulo-Manaos-Iquitos y de ahí, por el Napo): La situación en su país no ha de ser nada buena para semejante aventura. En Perú les robaron todo y llegaron a Nuevo Rocafuerte sin plata ni documentos.

Además de la mano generosa de un misionero, encontraron un país que en sus leyes dice ser de puertas abiertas y en su práctica, las cierra en las narices del migrante. La Policía de Migración les devolvió al Perú. Y ellos volvieron a entrar. Y pasaron toda suerte de desprecios pues ni la Marina, ni la Policía, ignorando las leyes y procedimientos, impidieron que tomasen una embarcación para llegar a Coca y, desde allí, solicitar refugio o continuar su travesía.

La burocracia, no solo la nacional sino también la de los organismos internacionales, fue la primera barrera. “Estamos analizando”, “consultaremos en Tena o en Quito”, “los entrevistaremos la próxima semana”, fueron lasvagas respuestas para un asunto simple: la migración no es un delito, el Estado ecuatoriano garantiza la libre movilidad, nadie puede ser detenido por transitar, todas las personas, vengan de donde vengan, tienen derecho a solicitar refugio y el Estado verá si cumplen o no con esa condición.

Menos mal que en Rocafuerte no hay calabozo y menos mal, la gobernadora estuvo allí (de casualidad) para recibir la queja del misionero y permitir que los cinco del Congo salgan a Coca. Fueron llevados a la cárcel donde pasaron más de 24 horas (cosa ilegal) y luego, ante un juez, hasta obtener un salvoconducto que les permitiría resolver su situación en 30 días (¡aleluya!).

Los 5 del Congo solo querían una cosa: ganarse el pan. Lo mismo buscaban los cubanos que llegaron a Sucumbíos, fueron llevados de Lago a Quito, de Quito a Lago, de Lago otra vez a Quito, para, finalmente, ser devueltos a su país. ¡Y nos quejamos del trato al migrante ecuatoriano! Una vez abierta la ruta, seguirán llegando.

En Costa Rica, a estas mismas personas, y a otros miles de migrantes africanos y cubanos, les impidieron cruzar a Panamá. En el mundo se levantan muros y alambradas, expulsan a sirios y turcos, los africanos mueren en pateras y los cubanos en balsas. Los coyoteros, sueltos; y los migrantes, como delincuentes.

Nos horrorizan las imágenes que vemos en la prensa pero en casa hacemos lo mismo: tratamos al migrante como si fuera de ningún lugar y como si no tuviera ningún derecho.

maguirre@elcomercio.org