Susana Cordero de Espinosa

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16 de agosto de 2014 00:00

Susana C. de Espinosa

scordero@elcomercio.org

Un muchacho limpio, agradable, me cedió su asiento en el bus a Ibarra; no satisfecho aún, me ayudó a colocar bien la pequeña maleta. Circunstancia tan inesperada contribuyó para que yo misma, al oír la música estentórea que él escuchaba en sus audífonos personales, por encima del volumen de tiros, gritos, frenazos y brutales e indefinibles sonidos de la película que se proyectaba en la pantalla por ‘cortesía’ de los buseros, le sugiriera, horrorizada, que bajara el volumen, y le anunciara, de seguir así, su muy próxima pérdida de oído, Me escuchó, y bajó el volumen de su ‘ipod’. Agradecí, sorprendida, sus gestos, y me sentí halagada por ellos, porque entre nosotros la cortesía, esa forma de respeto del otro, externa, pero íntima, es la gran olvidada del trato común. Qué, sino ignorancia absoluta de ella, revela la imposición a los viajeros en el transporte público y aun en los carros particulares, de una música a volumen insoportable; la ira del controlador si se le pide que lo baje; los filmes violentos, elegidos adrede para su exhibición, ‘porque eso le gusta a la gente’.

Por desgracia, lo que ocurre en los buses no contrasta con lo que sucede en la vida de familia, ni en ambientes ‘elevados’, ni en colegios, ni en todos los ámbitos en los cuales nos relacionamos con los demás. Saludamos a quienes consideramos ‘superiores’ o ‘iguales’; negamos nuestro saludo a los demás, como expresión de complejos nada secretos. Nuestra cortesía es ficción, actuar ‘políticamente correcto’, sonrisa para vender mejor cualquier fórmula estúpida, gesto que se agosta, acabada la transacción; voz ad hoc para el acoso telefónico, a fin de ‘regalarnos’ la tarjeta internacional.

La cortesía no es fórmula social, sino manifestación de respeto a todos y a todo, sin sometimiento; de aprecio sin complejos por cuantos nos rodean. Forma de aceptación y aquiescencia que surge desde dentro, sobre todo otro sentimiento. No consiste en formas externas de condescendencia, necesarias si no son extremas ni afectadas, sino en la comprensión íntima de que cada ser humano merece nuestra atención, y del reconocimiento de su dignidad, como la de nuestros bosques, nuestras paredes, nuestras ciudades.

Y en la vida familiar ¿es innecesaria la cortesía?; ¡nuestras relaciones se enriquecerían tanto con gestos mutuos, no esporádicos, de delicadeza y simpatía! No importa cuánto creamos conocernos entre nosotros, cuánto hayamos convivido, siempre habrá en el otro un ámbito de misterio para sí mismo y para los demás, un lugar no explorado, veta de dignidad en la mina de la personalidad ajena, jamás agotada. ¿Cómo se conciben y para qué ocasiones se reservan las buenas maneras, la finura de trato, el interés genuino por el bienestar de los demás, si no ejercemos estas virtudes en nuestra intimidad?

Entre los antiguos impresores, ‘cortesía’ se llamaba la página en blanco que se deja entre dos capítulos o el espacio libre al principio de cada uno: eran como el aire para la respiración, como el espacio para la libertad y el pensamiento del lector. ¿Siguen llamándose ‘cortesía’ esos espacios? ¿Siguen existiendo con ese mismo espíritu?