Rubén Loza Aguerrebere

El agente secreto de Dios

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El Pais, Uruguay, GDA

El 2 de octubre se cumplieron 110 años del nacimiento de Graham Greene, un autor tan notorio que fue 24 años finalista del Premio Nobel (junto a Borges) sin obtenerlo jamás. Siempre estuvo fascinado por los espías, por los agentes secretos y su entorno, los que (bien lo sabe mi lector) le proporcionaron un rico material para escribir varias de sus famosas novelas.

Por otra parte, él mismo fue espía inglés, durante la Segunda Guerra Mundial, en África. Antes y después de desempeñarse en esas actividades, continuó escribiendo sobre ellas y encontrándose con personajes en ese mundo de disimulos. Todo ello dio lugar al universo literario al que llamaron “Greenlandia”, la tierra de Greene, donde ocurren como en un espejo todas las contradicciones de su tiempo y parte del nuestro, que lo seducían.

Una secuela de rostros, itinerarios, situaciones singulares de un agudo observador de hombres, lugares y costumbres, pueblan celebrados libros, varios llevados al cine.

Nació en 1904, en Hertford, allí inició sus estudios, que prosiguió en la Universidad de Oxford. Con los poemas “Abril murmurante”, en 1925, debutó. Fue periodista de “Jornal” de Nottingham y del “Time”. Y su primera novela, “Historia de una cobardía”, cambió su vida. Aldoux Huxley la elogió, y en Francia, Jacques Maritain decidió publicarla. Así, Graham Greene pasó a la literatura. Hacia 1930 se convirtió al catolicismo.

Un detalle curioso: Graham Greene dividía sus libros en dos categorías, o sea, los “entretenimientos” y las novelas propiamente dichas. En la primera categoría, combinaba los retratos psicológicos con intrigas policiales y de espionaje; podemos situar así a “Brighton, parque de diversiones”, “El agente confidencial”, “Nuestro hombre en La Habana” y “Viajes con mi tía”.

A la segunda categoría corresponden sus famosas novelas como “El poder y la gloria”, “El revés de la trama”, “El fin de la aventura”, “El americano impasible”, “El cónsul honorario” y “El factor humano”. Y “Nuestro hombre en La Habana” fue primero guión para el cine y luego novela.

Fue un trotamundos; los caminos y las aventuras lo ayudaron literariamente. Visitó Oriente, África, el Caribe y México. Muchos de estos lugares aparecen como telón de fondo de sus novelas, en medio de atmósferas densas, con un toque de desolación, al que utilizó para contrabandear ciertas dosis de metafísica. Exploró los repliegues del alma humana como pocos.

El escritor Martin Amis, me habló de él: Graham Greene definía su obra como “la asombrosa rareza de la misericordia de Dios”, y la consideraba como una parábola de la condición humana, cuyas claves eran el sufrimiento, la culpa y la elección moral.

Graham Greene murió a los 86 años. Le gustaba considerarse como uno de sus propios personajes. Por ello, acaso podamos entender su rica y amplia obra como una larga autobiografía disfrazada, donde desnudó una infancia inquieta, mostró al novelista metódico, al aventurero que se buscaba a sí mismo, y al católico atormentado.