Juan Valdano

La restauración conservadora

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Los fantasmas del pasado han regresado. Se anuncia que se cierne una amenaza sobre esta República: se habla de una “restauración conservadora”. Y, en efecto, hay motivos para alarmarse; pero no como se afirma en las cumbres del Olimpo.

Hay, en efecto, una recuperación conservadora. Y hasta aquí concuerdo con los divinos oráculos, pero no más, porque si tal cosa existe esta no es otra que el resurgimiento del viejo populismo de mediados del siglo XX, no es otra que el regreso a un caudillismo gris, abusivo y vejatorio como lo fue el que lo ejercieron los déspotas del siglo XIX. Y es esta la restauración conservadora que hoy agobia a la República. La práctica de un estilo demagógico, autoritario y arbitrario de gobernar se llama populismo y todo populismo es una vuelta al pasado, un retroceso histórico.

La historia de América Latina muestra que el populismo y el caudillismo han gravitado de tal forma en la vida de estos pueblos que su recurrencia cíclica ha menoscabado sus débiles democracias. Populismo y caudillismo son síntomas de un malestar social cuyo origen se encuentra en la frustración del ciudadano ante el fracaso de las élites, son respuestas y desquites de la masa ante la desintegración ética de los partidos tradicionales. El caudillo populista emerge como un redentor, aquel que dice interpretar los anhelos populares, el que se conmueve con la suerte de la plebe. “No soy un hombre, soy un pueblo”, decía J.E. Gaitán.Y “pueblo”, en boca de un político, es palabra mayor; este es su discurso: el pueblo es el soberano, el que manda y al que se le adjudican virtudes cívicas y morales. El pueblo es intuitivo, sabio, honesto, inteligente (no es tonto aunque a veces lo engañan). Dios inspira al pueblo, la voz del pueblo es la voz de Dios (“vox pópuli, vox Dei”) y son los políticos (según ellos, claro) los intérpretes del pueblo y, por ende, los que escuchan la voz de Dios.

La retórica de nuestros políticos está repleta de grandes palabras. Se invoca a la patria, la nación, la democracia. Se impreca a los demonios reales e imaginarios: los pelucones, oligarcas, plutócratas, tipejos, cadáveres insepultos. Bajo las fuertes luces de un escenario gesticulan, transpiran y con micrófono en mano y ademán dramático emulan a las estrellas del tablado. Frente a las cámaras de TV dicen comunicarse con pajaritos de rojiza cresta, rompen periódicos con indignado desplante. Con esta tramoya van de una plaza a otra, conmueven al pueblo. Muchos de los que acuden al acto partidista salen conmocionados; mas, su entusiasmo se desvanece tan pronto es consumido el sánduche que les ofrecieron a la entrada. Conmover es una cosa, convencer es otra. Conmoverán, mas no convencerán. Para lo segundo, la sinceridad es importante y nuestros políticos, populistas o no, son muy poco sinceros. El maquillaje es demasiado evidente.

jvaldano@elcomercio.org