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La experiencia es ‘madre de la ciencia’ decían los antiguos; es resultado de lo sentido y conocido, de lo repetido en la práctica que nos procura verdades vividas, hechas carne en nosotros. El valor de la experiencia en nuestra vida es incontestable y lo es más aún cuando surge de exigencias de nuestra naturaleza que, salvo casos excepcionales, no podemos ni debemos cambiar. Nuestro ‘estar en el mundo’ es corporal: con el cuerpo somos ‘animal entre animales’ aunque dotados de sutil entendimiento, de capacidad de reflexión, de posibilidad de abstraernos de lo particular y ascender a lo general. Cuerpo inteligente que es forma de nuestro destino y, mientras dura, nos eleva sobre la materialidad de cuanto nos rodea.

A esa clase de verdades personales, irrefutables, de experiencia rica y noble, pertenecen, en mi vida, cinco acontecimientos de los que puedo afirmar, sin hipérbole, que fueron de felicidad sin sombra y lo siguen siendo en el recuerdo. Aunque muchos momentos ‘felices’ se engloban en circunstancias favorables, alegres, placenteras, tales felicidades han empobrecido el sentido excepcional de la felicidad. Los momentos a que me refiero fueron de dolor, de esperanzada angustia, de secreta alegría por su previsible desencadenamiento; momentos que exigieron lo que hoy llamaría, sin vanidad, cierto heroísmo natural, casi tangible, e incluyeron dosis de cobardía y duda. Momentos, en fin, intensamente humanos. Tales fueron, uno tras otro, los nacimientos de cada uno de mis cinco hijos. Vinieron al mundo ante el médico que no hurtó un segundo de su tiempo para atenderme, esperar con nosotros, acompañarnos. No hubo anestesistas, ni pretensión alguna de mitigar el dolor. La naturaleza actuó con su sabiduría. Entonces, dentro de los límites previstos por la ciencia, dar a luz no era un acontecimiento temido, para el que había que privar de conciencia a la ‘víctima’ y del que había de eliminarse el dolor.

Hoy, la auténtica, irreemplazable alegría del parto, experiencia sin nombre en el recuerdo de muchas mujeres, se pierde para innumerables madres ecuatorianas, jóvenes, fuertes, bien dotadas físicamente, por interés económico de médicos y clínicas, por esa horrible comodidad, facilismo e inhumana codicia que invade y vuelve rastrera la labor de algunos ginecólogos. ‘Los partos por cesárea se incrementaron en el Ecuador en alrededor del 60% en un promedio de 8 años y en el ámbito rural creció esta práctica al pasar del 16,1% (1999-2004) al 31,5% (2007-20012). En lo urbano, el porcentaje de cesáreas fue del 44,8%’. ¡Cuarenta y cinco mujeres entre cien, en nuestras ciudades, son incapaces de dar a luz de modo natural, y aún más mujeres, en lo rural! En este sentido, como entre tantos otros, por desgracia, ostentamos un triste récord hispanoamericano…

‘El dolor que más pronto se olvida’, llamaban las queridas comadronas a los dolores de parto. Dolor que nos enseña que la felicidad es exigencia y fuerza, y que no hay dicha posible exenta de una lúcida conciencia de nuestra fuerza y nuestra debilidad.

scordero@elcomercio.org