Marcelo Ortiz

La dicotomía del poder político

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Mientras el espacio electoral, que solo ocupa el pueblo cuando es convocado a elecciones universales, se encuentre cerrado por falta de convocatoria, el poder presidencial absoluto sigue con el discurso político de siempre, y cuya base continúa siendo el sábado de cada semana, en forma inexorable. Esta constante verbal ya debería ser objeto de análisis de las empresas que captan la opinión pública, para saber su incidencia real en el pueblo a escala nacional, y emitir un porcentaje para aproximarnos a la verdad.

Podría afirmarse, desde un sector de la base popular, que ya cumplió su ciclo de audiencia positiva, para ahora situarse en el lado opuesto, esto es, que más bien causa efecto de cansancio, tedio o directamente rechazo. No en vano han transcurrido más de ocho años, que son cuatro veces el tiempo en que se convocaba a elecciones universales para renovar a los integrantes de la Cámara de Diputados, cuando el Congreso Nacional era bicameral con una severa Cámara de Senadores que incluía los del voto provincial, y los de elección por sectores institucionales como de trabajadores, de cámaras de agricultura, comercio, industrias y prensa con duración de cuatro años.

En esta época, bajo un novísimo sistema político, cumpliremos 10 años y medio en junio del 2017, bajo el poder presidencial absoluto. ¿Será que ya la base popular, con nuevas generaciones de ecuatorianos, está cansada de este continuismo correísta?

Desde esas alturas del poder, el sillón presidencial continúa vacío en el palacio de Quito; porque después de los días lunes que cumple rituales a partir del cambio de guardia al estilo pretoriano, desayuna y almuerza con invitados; y los martes, está presto a cumplir su agenda para recorrer nuestra geografía como Presidente itinerante, que inspecciona obras, inaugura proyectos, critica a otros ejecutivos y, en fin, acciona su poder en todos los ámbitos.

Como consecuencia de esta política, el otro poder encarnado en asambleístas cumple solo las funciones de expedir leyes sin posibilidad de ocuparse de fiscalizar las acciones presidenciales. Y deja a 30 miembros en la inutilidad, transformados en una oposición arrinconada.

Por eso, el pedido de convocatoria para una consulta popular sobre la reelección indefinida, esto es, más claramente vitalicia, nunca será posible porque hay un candado de seguridad invisible, pero evidente, que ha puesto el Consejo Nacional Electoral, convertido en dependencia del Poder Ejecutivo.

La dicotomía política, que es la división en dos partes, encontramos entre la voluntad electoral que ya fue expresada el 2013 para la última y segunda reelección presidencial –inc. 2º. del art. 144 constitucional- y la derrota de febrero del 2014, porque la oposición ganó 16 alcaldías y cuatro prefecturas, y la presencia masiva de apoyo fue el 1 de Mayo. Es ilegal -con una enmienda- violar un texto básico y claro de la Constitución para que el correísmo sea vitalicio.

mortiz@elcomercio.org