José Ayala Lasso

Condenables excesos

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Ha llegado a mi computadora un mensaje lleno de ofensas que un exjefe de Estado -banda presidencial al pecho- aparentemente dirige al actual Presidente de la República. Su lectura me ha llenado de indignación.

No sería la primera vez que en el Ecuador, rompiendo los límites de la más elemental decencia, algunos líderes políticos denigran a sus rivales usando los recursos más bajos y poniendo así en evidencia que pertenecen a la misma raza de descalificados por su propia atrabiliaria conducta, que no tienen derecho a exhibir como justificación un temperamento heredado o el hecho de haber sido ungidos por el voto popular.

Quien insulta para responder a las críticas que recibe, más que convencer con argumentos está buscando intimidar con amenazas implícitas a todos cuantos intenten hacer públicas sus divergencias. Quien a los insultos responde con insultos se denigra a sí mismo.

El uso de agravios para zanjar las rivalidades políticas no ha sido extraño en la tormentosa historia del Ecuador. Pero ni su naturaleza esencial ni el hecho de haberse vuelto una condenable costumbre pueden excusar o peor justificar tal práctica.

Es difícil negar la pertinencia del lenguaje de Juan Montalvo cuando frontalmente critica las arbitrariedades de Ignacio de Veintemilla. Unamuno colocó a los insultos montalvinos entre lo más sobresaliente de la producción del ambateño, por su indiscutible vigor y belleza literaria, por la versación académica y clásica del autor, quien elevó el buen uso del idioma hasta el punto de convertirlo en pluma letal -como lo insinuara Montalvo al referirse al asesinato de García Moreno- y no por juzgarlos bien o mal fundamentados y menos aún por considerar al agravio como un método ético para luchar contra el rival, por eficaz que terminara siéndolo en las contiendas políticas.

El expresidente que -según aparece en el mensaje que he mencionado- estaría incursionando de manera despiadada y abusiva en la vida privada del actual presidente, se descalificaría a sí mismo al proferir esas impublicables ofensas.

La vida privada de todos debe ser respetada, aunque resulte difícil determinar dónde termina, sobre todo en el caso de quienes entran en la lid pública y ejercen la política. Para que respeten tu vida privada debes dar ejemplo de respeto a la vida privada de los demás. Mejor aún: si quieres ser respetado, respeta a todos.

Por eso he combatido siempre los condenables excesos de la pasión política que, en lugar de destruir con mejores argumentos los argumentos del rival, combaten a este con métodos desprovistos de lógica y contrarios a la ética.

Los “150 y más insultos” que se utilizan para descalificar al oponente pueden ser la causa o el marco dentro del cual se inscribe la supuesta vergonzosa conducta del expresidente agraviando al Presidente.

jayala@elcomercio.org