Manuel Terán

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En los años setenta, con el primer ‘boom’ petrolero, algunos analistas sociales ponderaban el salto que había dado el país. Fue sin lugar a dudas un importante cambio cuantitativo.

Con la crisis de Oriente Medio, el valor del barril del petróleo se disparó y el Ecuador empezaba a exportar el oro negro. De una economía básicamente dependiente de la agricultura y su producto estrella de exportación, el banano, pasamos a percibir un inmenso flujo de recursos que nos permitió, aunque con una participación insignificante, codearnos con jeques y participar en un cartel internacional.

Los cambios en el interior del país fueron notorios. La urbanización se aceleró, se hicieron obras de infraestructura como carreteras, se construyó la principal planta hidroeléctrica y se dio paso a lo que sería el sistema nacional interconectado. Las ciudades ya no dependerían de las plantas eléctricas locales sino que Paute repartiría energía a todo el país, lo que constituyó toda una transformación alejando el fenómeno de los apagones.

Con los nuevos ingresos, los ofrecimientos de créditos externos no se hicieron esperar. El país se endeudó agresivamente, lo que servía para tener una sensación de bonanza que cambió definitivamente el paisaje del país; y, en buena parte, las costumbres y hábitos de sus habitantes.

Pero el auge concluyó. Si se miran las estadísticas se observa que el año 1979, la del advenimiento de la democracia, los ingresos se desplomaron. Los gobiernos elegidos en las urnas fueron los que debieron administrar el tiempo de escasez, debiendo adoptar ajustes que echaban al piso su grado de aprobación, con convulsión social en las calles y renegando de un sistema político en que las disputas por los espacios de poder parecían que relegaban los intereses de la nación y de las grandes mayorías.

La de los años ochenta fue una década difícil. En los años noventa las cosas se complicaron aún más, con una guerra de por medio; y, a la entrada del nuevo siglo simplemente el sistema colapsó, con una crisis bancaria que afectó a miles de ecuatorianos. A inicios del nuevo milenio los precios del crudo se fueron recuperando hasta llegar, hasta hace pocos meses, a valores promedio inusitados. Se repitió el fenómeno de los gloriosos setenta.

Y la administración de la nueva bonanza no ha sido tan diferente de la que conocimos décadas atrás. Obras de infraestructura a cargo del Estado, modernización de carreteras y mayor capacidad de endeudamiento que, a su vez, ha permitido mantener alta la capacidad de gasto con lo que el país ha experimentado una sensación de bienestar que ha contribuido a sostener un elevado nivel de optimismo.

Pero los nubarrones nuevamente se han delineado en el horizonte. Seis meses atrás el precio del crudo descendía a menos de la mitad de su valor promedio de los últimos años. Eso ha hecho que en el primer trimestre del año dejen de entrar aproximadamente 900 millones menos que en idéntico período del año anterior.

¿Qué consecuencias le deparará esta nueva realidad al país en lo social, político y económico?