Monseñor Julio Parrilla

Pena de muerte oculta

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Promover una justicia que respete la vida, la dignidad y los derechos de la persona, sin discriminaciones, es la misión de los políticos y de los juristas. Lamentablemente, también en estos temas se da un cierto populismo penal: una cosa son los códigos, los reglamentos, las palabras, las promesas,… y otra bien distinta es la realidad.

Con las nuevas leyes de tránsito pensábamos que habíamos alcanzado la perfección. Además, las carreteras, de un plumazo, pasaron de ser intransitables a la categoría de estupendas. Lo cierto es que el nuevo código luce hermoso en la estantería, pero, de hecho, las carreteras se han convertido en una trampa mortal. El dato terrible de 2 000 muertos al año por accidentes de tráfico refleja algo más que mala suerte…

Lo primero que hay que decir es que este país no puede aceptar semejante sangría. Asistimos impávidos a una auténtica pena de muerte oculta, un reguero de sangre y de sufrimiento que deja en evidencia no pocas de nuestras falencias.

Un amante del humor negro me decía no hace mucho (a raíz del enésimo volcamiento de una unidad de transporte): “Ahora que las carreteras ya son buenas sólo nos queda aprender a manejar”. Y razón no le falta. Me toca viajar con frecuencia (por las grandes carreteras que unen la Sierra de norte a sur y de este a oeste; y por los carreteros culebreros de este Chimborazo, grande y hermoso, a golpe de visita pastoral).

Hace ya tiempo que comprendí qué significa “manejar a la defensiva”, sufriendo la impericia e irresponsabilidad del que no usa los indicadores (¿quién los usa?), del que adelanta en curva, del que invade carril sin avisar, del que te obliga siempre a adelantar por la derecha, del que se te viene encima, incapaz de controlar su propio carro y que, oh sorpresa (¡qué ironía!), siempre da positivo en la prueba de alcoholemia.

A raíz de los últimos accidentes masivos queda en evidencia la falta de educación, de control y revisión de vehículos e, incluso, de actitudes morales que acompañan tanto desastre. Lamentarlo, y sólo lamentarlo, no es más que un disparo al aire. El tema es social, educativo y político. No tomar decisiones que palien y aminoren la siniestralidad nos hace a todos cómplices llorones pero, en el fondo, complacientes y permisivos, lo cual acaba siendo un mal más grande que el pecado.

La ley de tránsito tiene que ir más allá de su función sancionatoria y situarse en el terreno de los derechos de las personas, sobre todo de las más vulnerables.

Y el mayor de los derechos es el derecho a la vida. Somos capaces de afirmarlo, pero, al mismo tiempo, de acostumbrarnos a vivir y a tolerar lo intolerable.

Mi viejo profesor de ética política solía decir: “No se acostumbren a la injusticia”. Hoy toca decir: “No se acostumbren al dolor”, aunque sea ajeno.