Rubén Loza Aguerrebere

Los paraísos perdidos

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15 de agosto de 2014 00:00

Rubén Loza Aguerrebere

El País, Uruguay, GDA

La palabra es como el fuego en una casa, para un escritor; es una herramienta útil, a condición de cuidarla y de alimentarla. Pues bien, quien siempre ha sido muy precavido en ello, es Paul Auster. Motivo para ser uno de los mejores novelistas de nuestro tiempo.

A este escritor que no le disgusta hablar de sí mismo, debemos el regreso de su nueva obra, “Diario de invierno” (Anagrama/Gussi). En este libro tan personal, habla mucho de sus experiencias y, una vez más, reconcilia a los buenos lectores con la mejor literatura. Como todo autor verdadero, tiene sus fuentes ocultas; pero leyendo sus primeros trabajos (que son una buena introducción a su universo literario) confirmamos la impresión de que su pan nutricio estaba en el pasado. El ayer personal ha sido, y es habitualmente, un recurso confiable que han explotado los más diversos escritores. Y Paul Auster lo hace con gran estilo.

En “Diario de invierno” él ha decidido evocar episodios sobre las primeras señales del paso del tiempo, cuando éste, que no sabe hacer otra que pasar, se hace notar un poco más. Aquí ha dejado atrás su imaginación para y habla de las huellas de los días.

Nacido el 3 de febrero de 1947, en Nueva Jersey, Paul Auster estudió en la universidad de Columbia. Luego vivió tres años en París, y, finalmente, regresó a Nueva York. Aquí ha vivido en 21 lugares. Va y viene por la ciudad, como va y viene desde ella, que es tanto su centro vital como literario. Por ello, escribe, conmovido: “Las Torres están ahí: palpitando en la memoria, aún presentes como un agujero vacío en el cielo”. Entre los numerosos galardones que ha recibido, cabe destacar que en 2006 le concedieron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Pues bien, este señor es precisamente el personaje central del libro que hablamos. Observa, analiza y pinta, a través de numerosas historias, buena parte de su vida: desde que era un adolescente (cuando somos inmortales), desde los días en que siendo jovencito tiene sus primeras experiencias relacionadas con el aquello que parece amor y con el sexo. Comenta: “No obstante, aunque no tengas deseo alguno de que vuelva esa época, hay cosas que echas de menos de los viejos tiempos”. Recuerda a sus padres, evoca a sus abuelos, y se deja ir por los días vividos en París.

Y vamos a otro libro suyo que ha retornado y el lector tiene a la mano. Se titula “Invisible” (Anagrama/Gussi), y nació dos años antes que el texto comentado. Esta historia comienza en 1967, cuando un joven aspirante a poeta conoce un mecenas francés y a su novia. Tras una aventura con ella y la violenta muerte a un atracador que trataba de robarles, se desvanece la idea de hacer una revista literaria. Luego el lector se entera de que cuanto ha leído es la narración que aquel joven escrita décadas más tarde, y la ha enviado a un antiguo compañero de la Universidad de Columbia. Y de esta manera la narración captura al lector situándolo en ese universo literario al que Paul Auster domina espléndidamente.