Manuel Terán

Un país destrozado

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Si alguien desea observar lo que el populismo acicateado por el dogmatismo a ultranza puede provocar en un país, solo debe voltear la mirada hacia Venezuela. La población del rico país petrolero, que cuenta con una producción superior a 2 millones de barriles diarios de crudo (4 veces la de Ecuador), se encuentra en una situación angustiante, que es fruto del despilfarro, la corrupción y la implantación de un modelo que despedazó su economía.

Obligado por las circunstancias, el gobierno de Maduro se ha visto en la necesidad de revisar el precio de los combustibles. El incremento que en cifras aparece astronómico, ya que equivale como al  6 000%, en términos internacionales por la situación calamitosa del país, aún refleja las distorsiones provocadas por un esquema en el que impera el caos.

Basta considerar que a la cotización oficial más elevada, el galón de gasolina de mayor octanaje cuesta aproximadamente 11 centavos de dólar, lo que equivale a decir que un venezolano puede llenar el tanque de su vehículo con aproximadamente un dólar y 65 centavos. Si se utiliza para esta comparación la cotización de la calle, el monto real al que se transa la divisa, este valor habría que dividirse al menos para cinco, lo que arroja un resultado insignificante. Si el precio de ese bien se halla absolutamente alterado, igual acontece con otras variables.

Quizás la peor muestra de este desaguisado es lo que ha acaecido con el salario. A la tasa oficial más alta, un trabajador venezolano recibe 48 dólares al mes. Se dirá que existen ayudas y “cartillas” para que puedan adquirir bienes en sitios subsidiados. Allí es donde el problema se vuelve un infierno para la población. Los productos no existen y las colas para acceder a esos lugares pueden tomar un día entero. No les queda más que acudir al mercado paralelo y allí los bienes se transan a otros precios.

¿Cómo es posible que un país privilegiado por su riqueza haya llegado a semejante situación? La explicación solo puede atribuirse al fanatismo y a los dogmas. Eso es lo que individuos imbuidos de una ideología a la que le dieron las categorías de ciencia y religión, una simbiosis difícil de realizar pero que en el trópico lograron amalgamar, consiguieron generar con base en medidas y políticas extravagantes, marcadas por el sectarismo, para desbaratar el aparato productivo de un país que tiene todo para que su población pueda alcanzar elevados estándares de vida.

Pero no solo eso, sino que además de destruir su propio país se dieron modo para influir en otros estados de la Región, los que siguiendo su ejemplo desmantelaron la institucionalidad, aplicaron esquemas de un gasto desenfrenado, hicieron gala del culto al caudillo de turno para, a la vuelta de la esquina, cuando las condiciones económicas externas han variado, encontrarse en situaciones que exigen una completa reingeniería si se desea evitar que sus economías se vayan al suelo.

Si se miran los acontecimientos electorales últimos, parecería que la pesadilla está llegando a su fin. Al menos por el momento.

mteran@elcomercio.org