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scordero@elcomercio.org
Kenia, Navidad 2006: bellos, familiares y nítidos recuerdos de hace nueve años en Nairobi, su capital, cuyo nombre procede de la frase masái ‘Enkare Nyorobi’, ‘lugar de aguas frescas’. Ciudad cercana a la línea ecuatorial, está situada a 1661 metros de altitud; su clima moderado sorprende a los visitantes que pisan África por primera vez, y su cosmopolitismo y multiculturalidad son notables: viven en ella, además de numerosas familias inglesas, indias y pakistaníes y extranjeros de distintas y distantes nacionalidades -el inglés y el swahili son sus lenguas oficiales-. En el hermoso y cercano Parque Nacional vive gran variedad de animales: rinocerontes, jirafas, búfalos, gacelas, leones, leopardos, panteras, hienas, chacales, ñus, antílopes, cebras y aves sin número.

Conocimos el asilo de elefantitos que lleva el nombre de su creadora, el Daphne Sheldrick’s Orphanage. En él se protege a las crías de elefante que quedaron huérfanas debido a la asesina y despiadada cacería furtiva, o a un largo viaje de la manada que, en busca de alimento, atraviesa un río torrentoso para el elefantito de pocos meses, que queda atrás… Nadie oye sus barritos, pero sobre la extensísima sabana viajan con frecuencia helicópteros desde los cuales localizan a los animalitos solos y procuran recuperarlos llevándolos al asilo. En él serán cuidados por veterinarios y conservacionistas, y protegidos de cerca por altos y bellos negros de suave trato y cuerpo fuerte, enjuto y delgado, quizá más míseros y solos que las crías a las que protegen, alimentan y cuidan.

Un público de padres con niños de todas las razas, curioso por observar a los huérfanos, espera la salida de los elefantitos que finalmente se muestran a los curiosos paseando en larga fila por un área suficientemente amplia; los que no pudieron completar su alimento antes de la salida, reciben de manos de su cuidador, mientras caminan, la mamadera de capacidad mayor a la de un galón y tragan su contenido con asombrosa rapidez. Van, pequeñitos, rotundos, con un dejo de tristeza en la actitud, cubiertos por una cobijita vieja amarrada al lomo con algo como una desechada media pantalón color carne: todo, menos ellos, es viejo y pobre a su alrededor… Obedecen a su cuidador con dulzura tenaz, como si supieran que de él depende su vida. Duermen con ellos, pero se nos cuenta que deben cambiar de custodio cada veinticuatro horas, porque si se apegan a su guardián, el nuevo trauma de abandono los entristece hasta la muerte.

Es, pues, peligrosa la memoria de amor de estos animalitos, su inmensa capacidad de adhesión… Dan, ante el público, una vuelta triste, como de feria, y los curiosos pueden, luego, visitar el lugar en el que duermen: un espacio suficiente con abundante paja donde descansa cada cría junto a su cuidador, que debe permanecer la noche con el elefantito, hasta el cambio del amanecer… Constato, entonces, que la memoria del elefante es grande como su cuerpo y que la falta de amor es el inicio de la locura y la muerte, así como el amor y la presencia son su salvación…