Rodrigo Borja

Muro de Berlín

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Después de la II Guerra Mundial, la ciudad de Berlín —enclavada en la región oriental de Alemania— se partió en dos: la zona oriental fue ocupada por la Unión Soviética y la occidental por EEUU, Inglaterra y Francia.

Allí se inició la “guerra fría”.
Centenas de miles de científicos, técnicos y trabajadores de Berlín oriental, atraídos por la prosperidad del Berlín occidental e insatisfechos con el sistema político y económico impuesto por los soviéticos, se pasaron a la parte occidental de la ciudad.
A las dos de la madrugada del 13 de agosto de 1961, 48 mil soldados de Alemania Oriental empezaron a levantar una gigantesca pared de cemento armado. Fue un muro de 160 kms. de longitud por casi 4 metros de altura que incomunicó totalmente a las dos partes de la ciudad. Las familias quedaron rotas, las amistades separadas y cortadas las relaciones políticas y comerciales entre los dos lados de la muralla.

Y se creó un nuevo delito punible: abandonar el sector oriental de la ciudad.

El Muro de Berlín constituyó el símbolo mayor de la guerra fría. Hacia su lado oriental se colocaron alambradas electrificadas, minas, torres de vigilancia y toda clase de obstáculos para impedir la escapada de los alemanes orientales. Quienes pisaban esta zona eran acribillados a balazos. Pero algunos lograron pasar el muro volando en globos aerostáticos, en planeadores de fabricación casera o de otras formas inverosímiles. A través de un túnel de 200 metros de largo fugaron bajo el muro 57 alemanes antes de que el ducto fuese descubierto.

En el intento de cruzarlo murieron trágicamente 800 berlineses.
Allí se sentía, con todo su dramatismo, la guerra fría. Los berlineses sabían que una imprudencia o error de cálculo de alguien convertiría en cenizas a Berlín. Talvez por eso, como una forma de evasión de tan terribles tensiones, el fin de semana la juventud se entregaba a la diversión total como si ese fuera el último fin de semana de su vida. La locura se apoderaba de las calles, tabernas y lugares de diversión cada viernes en la noche. Participé en un loco fin de semana berlinés en 1963. Era la reacción psicológica de la gente joven ante la amenaza permanente del holocausto atómico.

La pesadilla duró 28 años. Terminó el 9 de noviembre del 89 —dentro de los 5 meses en que se derrumbó el imperio soviético— cuando jóvenes occidentales, con picos y palas, empezaron su derrocamiento en una emocionante jornada libertaria y levantaron la prisión de 17 millones de alemanes del este.

Pero el muro de Berlín no sólo fue una pared de cemento armado que partió en dos a una ciudad sino la frontera entre dos sistemas filosóficos, políticos y económicos contendientes. Devino en uno de los grandes símbolos de la guerra fría. Y con su derrocamiento pasó a ser también el signo emblemático del fin de la confrontación y de la apertura de una nueva era histórica.