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Ayer pasé por la avenida Amazonas y encontré una serie de álamos blancos cortados casi totalmente. Del árbol frondoso y hojas batientes solo quedaba un tronco antiestético y las huellas de una sierra criminal que mutiló sus ramas de manera torpe, que colgaban como hilachas.

Esta situación no es casual, se repite día a día. Las cortadoras pululan por el Distrito Metropolitano y en una suerte de caza persiguen a los árboles, grandes, pequeños, verdes, de ramas fastuosas. Es muy común encontrar árboles recortados, en forma de chupetes, conos, círculos o simplemente devastados de sus ramas y hojas, reducidos a un palo alto, convertidos en grotescos y feos troncos, sin vida y sin gracia. Nadie escapa a la fuerza taladora, igual da si son cholangos, acacias, nogales, laureles, eucaliptos u otras especies endémicas de Quito.

Cómo cambian los tiempos, los grandes inventos científicos y el espectacular desarrollo tecnológico del siglo XXI, contrastan con la sensibilidad y comprensión de las cosas simples, frecuente en tiempos antaños, cuando admirábamos las corrientes de agua, los atardeceres, la transparencia y la naturaleza en pleno. Qué poco queda del poema de Luis Cordero, cuando enseña de forma magistral, cuando expresa: “…Miraistes, niños, la lozana pompa de aquel frondoso y elevado sauce, de cuya planta multitud de tiernos vástagos nacen?, pues bien muy pronto formarán un bosque, tupidas ramas desplegando al aire… Entonces notareis que el árbol, adorno y gala del frondoso valle…” o de los versos de Juan Bughi cuando dice: “Quiero ser como un árbol florecido que en cada rama sostuviera un nido, armonía y canción… ser fuerte, más sensible, como el pino que hace vibrar en su ramaje fino, toda la escala musical… Y si en su tronco se abre una herida, desangra el útil oro de su vida, en aroma su líquido cristal…”.

No en vano se han escrito odas en su honor, como la siguiente: “Verde y señorial, altivo y seductor eres frondoso y fragante como todo un gran señor. Tu tallo es valor, que buscan los hombres vanos y tu sabia el sabor, que aniquilan los humanos. Te asesinan día a día, te maltratan sin piedad, si así matan la belleza, ¿a quién podrán amar? En el esplendor del bosque te ves enorme y radiante y aún troceado e inerte te conviertes en baluarte. Erguido y callado vives, si te taladran no gritas, aceptas la muerte estoico, como lo hacen los héroes. Y aún impávido y muerto, tendido en suelo nuestro, no exclamas dolor al verte, destrozado sigues yerto. Y la belleza no pierdes, aún la exhibes deshecho y en pedazos te conviertes en noble, servicial y fuerte. Quien pudiera imitarte, aprender de ti lo sereno, resistir el atropello y muerte y convertirte así en bueno”.

Qué diferencia entre pasearse por las calles de París o los bulevares de Buenos Aires, donde enormes y centenarios árboles danzan al son del viento y abren sus ramas cual brazos generosos en señal de bienvenida.