María Cárdenas R.

Sutilezas del idioma

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mcardenas@elcomercio.org

Las palabras hoy tienen poco, ¡poquísimo valor! Tanto se repiten y tan libremente se hacen promesas que no se cumplen, que el idioma va ganando libertad, aunque la libertad de usarlo sea poca. Aquellos que tienen libertad de hablar pueden decir lo que quieran y nadie les cuestiona ni hay ley regulatoria que valga, mientras para el común de los mortales, con el derecho innato, el asunto se ha revertido. Me pregunto si cuando oyen insultos camuflados, a diferencia del directo, alguien estudia sus significados y posibles implicaciones y se cuestiona, por lo menos, si esos deben ser castigados.

Como en pelea de niños, solo que ampliamente publicitado, uno dice que el otro ha dicho idiota -disculpas por la palabra- a algún funcionario. El otro le responde que es un atrevido pues: “no sirve ni para empacar aguacates”, entre otra serie de atrocidades en cuanto a la profesión del primero, ya tema común de toda charla.

El diccionario de la Real Academia Española le da varios significados a este tan utilizado adjetivo. Un idiota es alguien que: padece de idiocia; engreído sin fundamento para ello; tonto, corto de entendimiento o que carece de toda instrucción. De todas maneras, con esta palabra, un individuo insulta a otro directamente, diciéndole una de las anteriores acepciones de la palabra y, sin especificar cuál. Pero todas descalifican a una sola persona, receptor de un adjetivo, que de hecho, califica a un ser humano. Esto es lo normal y usado siempre con la consciencia de que está insultando. El tercero, quien devuelve el insulto, sin ser invitado directamente a participar, pero buen defensor de algunos y algunas y, contesta con una frase. Este conjunto de palabras me da mucho que pensar, además de la inmensa pena de saber que nuestro rico idioma se usa ahora para camuflar insultos, creyendo que se hace una buena broma, cuando en realidad se está desacreditando a un valioso sector de la población. La respuesta que intentaba ser graciosa, vivaracha y más, salió de las entrañas del interlocutor como un verdadero insulto de calibre mayor, dándose el lujo de utilizar las sutilezas del idioma.

“No sirve ni para empacar aguacates…”. Ecuador, como muchos otros en la región, es productor de esta preciada fruta, rica nutritivamente y con un sabor exótico, usado de variadas formas en la gastronomía de innumerables países. El país exporta sobre dos millones de dólares a varios países del mundo, sin tomar en cuenta otros productos derivados de gran valor culinario y cosmético. Es de suponerse, ya que no hay datos disponibles, que hay miles de hombres y mujeres, valiosos, hábiles, expertos en su labor y que, dependen de ella, que forman parte de los ecuatorianos dedicados con orgullo, justamente, a empacar aguacates. El chistoso que hizo la broma, ¿se habrá dado cuenta que los insultó a ellos al “dar insultando” al que dijo que alguien más era un idiota? Esa es la sutileza del idioma, que para aquel que no pone atención sino al show, no se da cuenta de las barbaridades que alcanzan a decir.