Marco Antonio Rodríguez

Michelena, el corazón del pueblo

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Corrían los setenta cuando lo conocí. Flaco de carnes y enjuto de rostro, como se dijera del Quijote. Orgulloso como par de dignidad, no de soberbia, esta nunca baja de donde sube, pero siempre cae. Respeto por sí mismo. Siempre supo que el teatro era la única opción en su vida: condena y liberación. Encarnación del contrapoder, jamás se ha inclinado ante nadie ni ante nada. Mantuvo prácticas en el Teatro Ensayo, Malayerba, El Muro… pero el teatro de sala no era lo suyo; su arte se engendró en el corazón del pueblo, del “soberano pueblo” y a él tenía que devolverle su arte prodigioso.

Artista capaz de escribir, improvisar, dirigir, actuar, idear su vestuario, mimetizarse en instantes, levantar memorables piezas extraídas de la entraña popular. Quito es la fuente del teatro de la calle del maestro Carlos Michelena. Liberación del repertorio oral de sus gentes, locuciones intensas y poéticas, rescate de la memoria esencial de su idiosincrasia, sutil disección de personajes y sucesos cotidianos, humor incisivo sazonado en barriadas, autobuses, mercados, fondas… Internalización —parodia y socarronería— en el día tras día de nuestra realidad, el maestro Michelena ocupa un sitio prominente en la historia del teatro ecuatoriano. De cada una de sus presentaciones sale airoso, portando su trofeo de caza: la devoción de su pueblo.

Ningún político se ha librado del láser de su talento. Crea, no plagia, sus representaciones actorales son protagonizadas por un solo, soberbio actor: él. La invisible panoplia de su genio inserta en sus códigos teatrales, recreaciones emergidas de su ser íntimo. Por eso, Michelena zarandea y juega, enfrenta y acomete, zahiere y sepulta. Idolillos de barro, doctores honoris causa en teleprompter, ventrílocuos de tres al cuarto, emperadores del vacío, sucumben bajo su hechizo.

El maestro Michelena es autodidacto. Lector contumaz, cuentero, insatisfecho por antonomasia, jamás deja de adiestrar su cuerpo y su mente. Junto a Héctor Cisneros, el Poeta de la Calle, cultivamos algunas ocasiones el santo oficio de la bohemia. Uno de los dos grabó una de sus recentísimas lecturas: en un circo hallaron a un payaso llorando desconsolado fuera de función; le preguntaron el porqué, él respondió que le habían llamado ‘político’. El maestro Michelena es un actor consumado, sabio y serio, el relato es oportuno para confirmar la inopia de los caudillos.

“El estilo es el hombre”, sentenció Buffon. El de Michelena es único, convoca y asombra dentro y fuera del Ecuador y su propuesta deja calas hondas en quienes asisten a sus presentaciones en su escenario: el parque, la calle, la esquina. El tiempo se ha humillado ante el artista. Ahora ostenta una barba agrisada y sus cabellos escasean, pero sigue indemne, él y su torrencial repertorio, como un bendecido de los dioses, prodigándonos su arte a manos llenas.