Luis Gallegos

Utopismo y realismo

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El debate entre la conducción de la política exterior sustentada en el utopismo o en el realismo ha matizado los debates internacionales desde hace siglos. Nicolás Maquiavelo es el mejor ejemplo de esta última escuela de pensamiento.

Asistimos hoy a cambios importantes en los escenarios internacionales que ponen a prueba la capacidad de los estadistas para distinguir entre los intereses de sus pueblos como razón de ser de su política exterior y aquellos que imponen la ideologización como excusa de sus acciones en el campo internacional para satisfacer los intereses de la cúpula dominante y no la búsqueda del bien común.

Quizás uno de los ejemplos más claros de realismo al anteponer los intereses nacionales es la China Popular, que ha logrado cambiar su estructura política para que responda a una visión centrada en sus objetivos estratégicos nacionales.

La China de Mao ha mutado de ser una sociedad enclaustrada en dogmas a una que ha logrado hitos históricos como sacar a 800 millones de personas de la pobreza y convertirse en la segunda economía del mundo.

No abandonó sus principios, pero dejó de lado los utopismos que la relegaban al subdesarrollo.

Esa conducción realista ilustrada la ha convertido en uno de los más importantes actores internacionales.

Por otro lado, vemos el predominio de la política interna de un utopismo nacionalista en las decisiones de Estados Unidos, que ha dejado el escenario internacional, el diálogo y el multilateralismo por un deseo de satisfacer las bases electorales incluso con riesgo de poner en peligro la paz mundial.

La política exterior de Estados Unidos mira hacia lo interno y, por ende, pierde importantes espacios de influencia que presentan oportunidades para los intereses geopolíticos de otros estados.

En un mundo donde compiten intereses de los estados hay que tener una línea de política exterior sustentada en principios y normas constitucionales, equilibrada, ilustrada y profesional, que conozca a fondo los sistemas mundiales, regionales y nacionales, y que no improvise al son del micrófono y el aplauso interesado.

Las políticas exteriores ya no son sólo patrimonio de los gobiernos, sino del conjunto nacional que haga suya esa línea de conducta para buscar defender y promover los intereses de los pueblos. Para ello se necesita una alianza público-privada mediante diálogos permanentes y constructivos, y no el enclaustramiento en círculos cerrados que impide acuerdos nacionales.

Ciertamente necesitamos crear condiciones para sociedades más equilibradas, respetuosas de los derechos de todos y comprometidas con el avance de la nación y no las de unos pocos en el poder político momentáneamente.
Las futuras generaciones dependen de las decisiones de hoy para un
mejor mañana.