Enfoque internacional

Larga estridencia

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12 de agosto de 2014 00:00

Diego Cevallos Rojas Columnista invitado

Una larga e ininterrumpida estridencia ha marcado el actuar del Gobierno ecuatoriano. Con estridencia se celebra y felicita a sí mismo, reclama al contrario, proclama sus ideas, presenta eslóganes, va a terreno y trabaja sin pausa. Hay cierta desmesura. La pausa y el tiempo fuera, no existen.

Marean y engañan la urgencia, la voz alta y la inclemencia del discurso.

El Gobierno se apropia del espacio y levanta una barrera de ruido que bloquea la vista. Es complicado para las mayorías, incluso para los políticos de cualquier signo, mirar más allá del horizonte definido por el poder en turno o imaginar cuál será la cosecha de esta etapa de ruido.

La máquina de producir cadenas nacionales, propaganda, insultos y ocurrencias marca el compás del debate público y define la agenda.

Los seguidores aplauden convencidos, mientras otros, inoculados de cierta anestesia, callan y otorgan. También hay quienes están francamente cansados y levantan su voz, pero difícilmente compiten con el megáfono oficialista.

El estridente atrae al respetable, pues proyecta un sentido heroico a su actuación y la simplifica como una batalla contra la maldad y el opresor. Con tal relato ha atenuado y justificado cualquier tropezón ético o doble discurso. Total, los buenos estamos aquí y los malos allá.
Sería iluso pretender borrar la estridencia de la política, pero que bien haría a las mayorías abrir un poco ojos y oídos para atender alguna una voz diferente que con tono ponderado y pausado advierta sobre las consecuencias del autoritarismo, el menoscabo de las libertades, la siembra de intolerancia y el fin de la división de poderes.

El problema no está precisamente en la actuación del estridente y su desmesura, sino “en la debilidad de lo que le hace frente”, reflexiona el filósofo mexicano Jesús Silva-Hérzog.

En Ecuador hay un vacío de liderazgo político que difiera de los poderosos de turno, cierto. Pero la batalla por la libertad, tolerancia y la construcción de una democracia es una tarea de muchos más: de los medios de comunicación, de los artistas, de los profesionales, de los intelectuales, de las organizaciones sociales, de los ciudadanos de a pie.

Harta dignidad exponen hoy quienes resisten el insulto y el miedo y responden con argumentos y trabajo. También están los estridentes opositores, pero esos poco aportan a atemperar el ambiente.

Más pronto que tarde eclipsará el ruido que hoy impera y posiblemente será sustituido por otro, herencia del primero. Ojalá en su lugar llegará algo de mesura. Está difícil.