Gonzalo Ruiz

El laberinto de Julián Assange

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La más reciente jugada en la partida de ajedrez que libra Julián Assange le falló. Una carta enviada al Gobierno francés y, de modo simultáneo al influyente diario Le Monde, pretendía buscar asilo en ese país. Francia de plano dijo no.

Aunque Baltasar Garzón, el jurista español que defiende al pirata informático australiano, dijo que la petición formal no había sido formulada y criticó el apresuramiento del gobierno de François Hollande (ver diario El País, versión digital).

El Gobierno francés -que dijo que su análisis había sido profundo- no se tomó sino unos minutos para argumentar que Assange debe explicaciones a la justicia sueca por una denuncia de presunta violación.

Assange debió pasar otro cumpleaños, el 44, en la Embajada de Ecuador en Londres. El recinto es un departamento en la lujosa zona próxima a la exclusiva tienda de departamentos Harrods, de fama universal.

Al personaje le parece que su encierro en una pequeña oficina de 5 x 5 es insoportable (y toda privación de libertad lo es), pero dramatiza sobre unas oficinas que en realidad están bien ubicadas y son cómodas.

El pequeño espacio en la sede diplomática debe ser un infierno para quien acostumbró a viajar por el mundo, aun con ciertos rasgos paranoicos, y a ‘volar’ sin límites por las ­autopistas de la información.

Assange se hizo famoso por su presión a empresas por información clave, que el pirata informático supo extraer son habilidad y fino proceso de espionaje tecnológico. Una muestra de la dudosa invulnerabilidad de ­
redes y sistemas.

La explosión de los Wikileaks que revelaban los correos diplomáticos ‘secretos’ (¿lo eran tanto?) puso en escena a Assange, condenó a su informante, un soldado estadounidense, y lo llevó a la palestra por la persecución hasta que llegó la denuncia en Suecia.

La última jugada fallida lleva a pensar que Assange cumplirá en agosto su tercer año de encierro en la Embajada ecuatoriana atrapado en las redes del laberinto que tejió.